Un cuento sufí
Abril 11, 2008
“Un famoso y respetado faquir se presentó ante las puertas del cielo, y las encontró cerradas con un único ángel de guarda. Cuando se le preguntó su nombre, el faquir decidió que las obras eran mejores que las palabras y puso en juego su repertorio completo.
En primer lugar hizo aparecer y desaparecer cosas, luego sopló fuego desde su boca. A continuación materializó a todo una asamblea de ochenta mil discípulos procedentes de su vida terrenal. Para terminar dirigió una proyección de poder especial hacia el ángel: el tipo de manifestación reservada para convencer a la gente en la tierra de su maravillosa naturaleza sagrada.
-Está bien -dijo el ángel-, abriré la puerta; pero no creo que te vaya a gustar estar ahí dentro…”
Narración recopilada por Idries Shah en su libro “Humor Sufí”, Barcelona, Ed. Integral-RBAlibros 2008.
La maldición de Inocencio VIII. Tercera parte y última
Enero 16, 2008
-Para mí fue un milagro. Ser a veces una bestia hambrienta no me pareció demasiado pago por una prueba de la Justicia Divina. Mi pecado no fue otro que la falta de fe. Recuperarla me costó el alma. Me descubrí a mi mismo como instrumento de Nuestro Señor. Soy un demonio que hace su papel con el convencimiento de que tras de sí está la Divina Voluntad.
En esta última afirmación, el Vampiro alzó un poco su mano verdosa, contemplándola como si todavía, después de varios siglos, le sorprendiera una forma tan nauseabunda. Y aunque en última instancia su afirmación como parte del Plan era cierta, casi le cuesta la vida al pobre diablo. Pieter, alzó su espada y, murmurándome que no había arrepentimiento sino mezquino orgullo, sólo me dio tiempo a rogar que no lo matara antes de cortar la horrible mano de un tajo.
El monstruo se limitó a arrodillarse en el suelo soltando un agudo quejido, lastimoso como el de un niño herido de muerte, y la espada de mi compañero se calmó.
-¡Piedad, vuestra merced tenga la gracia de concederme un único momento de paz antes de poner mi otra rodilla en el Infierno! Dejadme confesar el pecado que me hizo tomar este sendero. ¡Confesión!
Le dejé seguir más por curiosidad que por esperanza de obtener arrepentimiento. Su contemplación ahora me hacía pensar sobre un orden que nunca se había roto, una cadena de seres de Dios en la que él ocupaba un terrible eslabón. Temí que Pieter notara en mi rostro algo de asentimiento ante su proceder y pensara que había caído en algún tipo de encantamiento. Me asaltó el miedo de que así fuera, pero tenía a Pieter, siempre dispuesto. Pieter el Implacable, el Penitente, mi fiel amigo.
El habla suave del monstruo cortó mis pensamientos:
-Era Julio y se ultimaba un viaje con el que uno de los muchos bastardos del Papa Inocencio ofrecería de nuevo a los malditos Reyes Católicos oro que saquear y reinos a los que imponer el fuego de la Iglesia.
Se decía que Inocencio VIII era padre de Roma, no por Papa, sino por ser padre carnal de gran parte de sus ciudadanos. Era débil y avaro y su pecado atraía a la enfermedad como el excremento a las moscas.
Yo acechaba allí, en la ciudad más corrupta y podrida de la cristiandad, curando la legión de gentes que pululaban alrededor del dinero y la lujuria. Y una mañana todo un ejército papal se presentó en mi puerta para llevarme en presencia del Santo Padre, que deliraba en la cama pidiendo perdón por sus pecados.
Le desperté con un salmo y un poco de humo. Mantuvimos una corta conversación que un demonio me dictaba al oído. Le prometí que podía sanarlo, como a muchos conocidos suyos, y le advertí con sinceridad que debería pagar un alto precio por postergar su muerte. Le enseñé las oraciones a Mi Señor, a quien se debía encomendar a partir de entonces.
No sé si por ignorancia o por costumbre, se sorprendió de que no le pidiera ningún favor material. Me ofreció tierras y títulos. Me dijo que había mucho oro por venir. Entonces le murmuré, por si no me había entendido bien: “sólo quiero tu alma”. Y al fin asintió tembloroso.
Le dimos de beber la sangre de tres niños, prometiéndoles a sus padres un ducado de oro que nunca les fue pagado, pues la muerte de sus hijos fue inútil. En su duermevela, fingiendo demencia, el pontífice bebía de un falso Cáliz de la última cena, mientras yo le mostraba mi verdadero rostro. Entró llorando en un profundo sueño del que despertó con un aspecto más digno de su alma, con el que vivió en secreto casi un año más, lo que tardamos en preparar debidamente al digno sucesor.
Lo que sigue ya no importa. La Justicia fue hecha. No puedo hacer nada a los Santos, y a los inocentes no puedo causar más daño que enviarlos a la Gloria.
Parecía que acababa su discurso. El final del pecador siempre es desdichado y sentí una gran piedad por todas las víctimas de la tentación. Entonces el Vampiro se levantó y siguió hablando, ahora con otra voz, y esta vez mirándome fijamente a los ojos dijo:
-Has obrado por orgullo dejándome hablar. No te preocupa mi alma, sólo tienes avaricia de saber. Te has dejado embaucar porque te gusta lo que soy. Ocupas un lugar que no te corresponde. No eres nada, ni judío, ni cristiano, ni turco. Buscabas al Monstruo y sabías que te encontrarías a ti mismo.
Sencillamente no podía reaccionar, el peso de sus palabras me mantenía inerte como cuando un gato aplasta un ratón contra el suelo.
- Y tú, ¡asesino de niños! -dijo volviéndose hacia Pieter-, has comido de..
Pero a Pieter ningún poder oscuro le velaba la vista y la cabeza del monstruo rodó antes de terminar la frase. Nos conocíamos y sabíamos de nuestras debilidades y nuestros pecados. Abrimos la puerta y dejamos pasar el aire.
El nacimiento de Natasha Ipovanova
Enero 13, 2008
Cuando Natasha nació el 29 de febrero de 1974, su llanto era lo único que se oía en todo el barrio. El médico, un ateo y materialista miembro del Partido, cortó el cordón umbilical ofendido, quejándose acerca del oscurantismo y la ignorancia de un pueblo que, alienado por la superstición, se escondía tras ventanas y puertas cerradas a cal y canto. Sentía vergüenza ajena por ser vecino de quienes, idiotizados por el miedo, habían colgado cruces en las puertas desafiando incluso la autoridad del estado, demasiado permisivo en materia de religión. Ni siquiera había encontrado un taxi en ese día particularmente nefasto para las costumbres de las muchas aldeas que se aglomeraban en esa ciudad artificial que era Insk.
Cuando el médico preguntó a la parturienta por otros miembros de la unidad familiar, Svetlana dijo que su camarada madre estaba atendiendo a los fantasmas que se agolpaban en la habitación de al lado, ya que tienen por costumbre traer regalos de agradecimiento cada 29 de febrero, y que las cruces de las puertas eran para guiar a los muertos que no conocían muy bien Insk, y que se veían obligados a hacer un largo viaje desde los cementerios inundados de las aldeas del valle para secar los huesos en la estufa de su pequeño salón.
El médico ofreció la niña casi con reparo, afirmando, muy serio, que no era hombre a quien gustaran las bromas y Svetlana, ya con Natasha en sus brazos, sentenció con tono de reproche que Dios no es una broma, y que ante el milagro de la Vida hasta un miembro del Partido debía tener más respeto.
Iván Antonov se disponía a decantar la discusión hacia el eterno tema de la presa y de la necesidad del sacrificio de unos cuantos pueblos agrícolas en pos de dotar a la industria de energía eléctrica, pero el médico sintió cómo un lento escalofrío recorría su columna vertebral desde la nuca hasta el final de su espalda. Pensó que podía ser fruto de la sugestión mental y que tal vez, husmear en el registro de personas con poderes psíquicos de Insk donde Svetlana y su madre Maurea figuraban como médiums, telépatas y amuletos, no había sido del todo buena idea.
La manada del Bois de Boulogne
Enero 7, 2008
En lo profundo del Bois de Boulogne, nada más despuntar el sol, la manada se reunió al completo a petición de Aníbal. El joven Rémi acudió agotado. Y no era el único; tres días y noches de tensa caza por todo París, buscando y a la vez huyendo de las sombras que te cazan y deben ser cazadas, habían probado una vez más su valía, la de los otros lobos y la de los intrépidos cuervos que a veces les acompañaban. Y aquello no había sido nada comparado con lo que los augurios indicaban que estaba por llegar.
Mientras se acercaba al lugar de encuentro, el olor del inmenso parque le recordó la primera vez que lo visitó. Tenía entonces trece años: en la noche, un impulso y un anhelo que no había imaginado posibles se apoderaron de él, y arrastrado por aquella llamada salió en busca de lo más parecido a un bosque. Cuando llegó a la espesura comenzó a correr entre los árboles aullando y despojándose de toda la ropa hasta que, casi sin darse cuenta, comprendió que corría a cuatro patas y el mundo se hacía diferente, más intenso y más difuso. Y él era un lobo; ¡un lobo!, y se sentía confuso y feliz, libre y perdido hasta que junto a una caseta abandonada en una arboleda encontró y fue encontrado por el que sería su maestro.
El anciano lo acogió como a un hijo; le explicó cuál era su naturaleza y su misión en este mundo; le contó las leyendas de los más grandes licántropos y aquellos que compartían sus dones, como Finn y sus guerreros Fian, guardianes de los bosques y acantilados de Irlanda. Ahora él sería también un guardián, aprendería a hablar y ser guiado por los espíritus, a viajar al Otro Mundo, a oler y dar caza al Mal. Su vida tenía un sentido cósmico y no temía ya a la muerte. Se llenó de orgullo por su herencia, aprendió las canciones y los ritos ancestrales y el mundo se revelaba cada vez más inmenso, más peligroso y fabuloso y hoy, cuatro años después, era requerido para participar por primera vez en un juicio. Un acontecimiento así suponía que había tenido lugar una transgresión, pero el cansancio y la satisfacción de seguir vivo tras aquella noche no le permitieron preocuparse demasiado.
Cuando llegó vio que el maestro y sus compañeros se encontraban sentados en compañía del más anciano de los cuervos. Entonces llegó Aníbal; llamado entre los lobos Zarpa Enorme por su envergadura, fuerza y habilidad en el combate no era demasiado cercano a Rémi, pues solía preferir la compañía de los magos. A pesar de ello, las narraciones de sus gestas le eran bien conocidas e impresionaba oír hablar de los lugares en que había estado.
Llegado el momento el anciano indicó a Zarpa Enorme que explicara cuál era el motivo por el que había convocado un juicio y él comenzó su narración. Y entonces todo se tambaleó: Aníbal contó la historia de un terrible crimen que había cometido hacía tiempo y cuyo secreto no quería prolongar. Narró cómo una noche se dejó arrastrar por su ira, su rabia y su frustración, y dando rienda suelta a la bestia, había desgarrado hasta la muerte personas inocentes, seres humanos de aquella ciudad que Rémi se había consagrado en cuerpo y alma a proteger.
La bestia interior, aquella que otorga la mayor de las fuerzas y encarna la maldición que pende sobre la cabeza de cada uno de los hermanos, la más terrible pesadilla de Rémi, cobraba vida con la confesión de Aníbal, atormentándolo, quebrando su orgullo y su fe en el sagrado sentido de su vida. Pues él era un guardián, pero también era un monstruo. Y sintió el puñal de la culpa y la vergüenza por los pecados de su estirpe atravesar su pecho mientras comprendió, abatido, que si aquella criatura era un loup garou como él, entonces él ya no era nada.
Weird fishes/Arpeggi: la transmutación según Radiohead
Diciembre 8, 2007
El último trabajo de la banda Radiohead “In Rainbows” es uno de esos discos que se convierte en una verdadera experiencia musical, en el que los diferentes cortes están al servicio del todo trasmitiendo una sensación general de armonía. Ya lo lograron por primera vez en 1997 con su genial álbum “Ok Computer”, donde se expresaba con precisión la angustia frente a esta época de preocupación por el colesterol y todo lo superfluo, desde el punto de vista de un observador consciente de que lo que está en juego es nada menos que el alma.
Los mensajes de sus canciones quedan magníficamente perfilados por una música que me produce la sensación de cierta intemporalidad, o mejor dicho, la impresión de estar sintonizando una emisora de radio de una realidad paralela con cierto aire futurista, ese ambiente que se respiraría en el año dos mil que imaginabas de niño.
Tras “Ok Computer” nos llevaron a través de terrenos oscuros y evocadores en los que exploraron las posibilidades de su síntesis de pop, rock progresivo, tecno y jazz con sus álbumes “Kid A”, “Amnesiac” y “Hail to the thief”. En este último varias canciones insisten en el peligro de ser succionados por la lógica venenosa de los lunáticos que nos gobiernan cuando se adormecen las alarmas interiores que deberían mantenernos alerta.
Con “In Rainbows” nos regalan (incluso literalmente si quieres descargártelo gratis en su web oficial) una experiencia más luminosa, con melodías que te trasportan junto al mar o bajo las estrellas, paisajes abiertos al horizonte que en el caso de la cuarta canción “Weird fishes/Arpeggi” se convierte en el umbral del más allá. La poesía de su letra y la sensación que va tejiendo su música conforme progresa, componen para mí una imagen tan intensa y significativa como muchos emblemas alquímicos. Según mi interpretación se narra la invitación por parte de una potencia misteriosa a salirse de uno mismo y transformar nuestra forma de estar en el mundo. Convertida en guía y en llamada te lleva a correr hasta el final del mundo y saltar para abandonarte en caída libre desde su borde; llegas así a lo más profundo del océano para ser devorado por las extrañas criaturas que pueblan el abismo que, lejos de acabar contigo, te inician como en el viaje del chamán, y una vez transformado comprendes que eres capaz de escapar golpeando el fondo para emerger por el otro lado.
Aventura alquímica de disolución en lo profundo y regreso tras la transmutación, impresión que esta fantástica canción es tan capaz de evocar en mí como el acrónimo vitriol.
Weird Fishes/Arpeggi
“In the deepest ocean
The bottom of the sea
Your eyes
They turn me
Why should I stay here?
Why should I stay?
I’d be crazy not to follow
Follow where you lead
Your eyes
They turn me
Turn me on to phantoms
I follow to the edge of the earth
And fall off
Everybody leaves
If they get the chance
And this is my chance
I get eaten by the worms
Weird fishes
Picked over by the worms
Weird fishes
Weird fishes
Weird fishes
I’ll hit the bottom
Hit the bottom and escape
Escape
I’ll hit the bottom
Hit the bottom and escape
Escape”
El enfado de Leó Szilárd III
Diciembre 3, 2007
Tercera parte y última. Las ideas y la gente: el problema de los huevos y las gallinas.
Cuando el nieto de Erasmus, Charles Robert Darwin, recibió para su revisión un artículo de Alfred Russell Wallace “On the tendency of varieties to depart indefinitely from the original type” lo calificó como el mejor resumen imaginable de las ideas en las que había estado trabajando durante los últimos veinte años. Juntos, Wallace y Darwin publicaron un artículo titulado “Sobre la tendencia de las especies a crear variedades; y sobre la perpetuación de las variedades y de las especies por medio de la selección natural”. Darwin recogió esa teoría en el libro “El Origen de las Especies” que agotó sus seis primeras ediciones en el primer día de venta.
El mito de los recursos limitados, que sustenta el mismo capitalismo estaba en pleno apogeo, los libros que generalizaban la lucha por la vida en un mundo de escasez como motor de la sociedad y la naturaleza misma salían literalmente a pares.
Ambos se inspiraron en la obra del economista Thomas Robert Malthus que defendió la idea de que la miseria era necesaria para evitar una catástrofe poblacional, llegando a proponer el hambre, la guerra y la enfermedad como mecanismos que evitan la degradación y la destrucción de la humanidad.
Esta promoción de la injusticia social como necesidad contra un mal mayor ha causado más daño que las bombas atómicas, pues da sustento ideológico a un sistema social irracionalmente cruento. Tanto sus bases lógicas como las presuntas pruebas en las que se basan estas ideas se han probado desde su origen hasta hoy falaces, en un debate que empezó mucho antes y continúa mucho después de la obra de estos autores. Como ejemplo basta ver las pretensiones de la sociobiología, que se podrían enmarcar dentro de la estructura de ideas sobre el fin de la historia que tratan de dar justificación mítica al actual sistema de poder.
Este fenómeno de descubrimientos simultáneos no sólo ocurre en ciencias tan teñidas de perjuicios sociopolíticos como la biología o la economía. Es algo común en la historia de la ciencia y de las ideas en general. Puede resultar llamativo, pues se tiende a glorificar autores y obras concretas como revolucionaria novedad. Pero es evidente que cualquier obra por muy original que sea, es expresión de unas inquietudes comunes, comunicables, inteligibles para un grupo social concreto.
Parece que esas ideas estaban maduras, que eran conclusiones fáciles de tomar. Tal vez estaban avocadas al éxito por su adecuación al pensamiento de la época o tal vez nunca hubieran triunfado sin ser defendidas por pensadores tan tenaces, inteligentes, influyentes y/o carismáticos. Quién sabe.
Se dice que estos genios hicieron historia, pero es evidente que la historia también les hizo a ellos. La dependencia entre las ideas y el individuo es mutua. Es en éste donde se expresan y elaboran. Somos el motor de su creatividad y es ahí donde entra el peso de nuestra decisión, nuestra responsabilidad en el devenir de la humanidad.
El espíritu de una época impregna tanto los paradigmas de los que parten las teorías como las cuestiones que nos inquietan, pero los individuos que dan vida a estas cuestiones y teorías no son meros instrumentos. Tienen voluntad. El sistema impone las cosas más atroces administrando la culpa y diluyéndola en una cadena de irresponsables. Los proclamados sabios no están exentos de esa inercia. Ni de culpa.
Desde que una ocurrencia es imaginada hasta que es hecha objeto o institución, pasa de ser imaginable a ser posible, de ser posible a ser factible, y de ser factible a realizarse. Cada uno de estos procesos aumenta la responsabilidad del individuo que los lleva a cabo, pero el hecho de que la responsabilidad en los últimos pasos sea mayor, no exime a quien lo imaginó, ni a quien teorizó sobre su aplicación.
Quien ordenó lanzar bombas atómicas sobre ciudades tiene más responsabilidad que quien patentó la bomba atómica. Y éste más que quien imaginó la fusión. Pero ambos, en la medida en que era predecible para ellos una futura aplicación de sus aportaciones, son responsables de las consecuencias de su invento.
Como individuos morales estamos capacitados para tratar las ideas con propiedad: no conformarnos escudándonos en lo cierto de una teoría sin estudiar las ideas críticas a ella; entender las consecuencias posibles de un invento y anteponer la moral a la lógica si es necesario. Todo en pro de un mundo que nos pertenece y que podemos cambiar cada uno en la medida de nuestras posibilidades, voluntad y suerte.
La maldición de Inocencio VIII. Segunda parte
Diciembre 2, 2007
Era grotesco, impensable que de esa boca saliera otra cosa que no fueran gemidos o rugidos. Pieter pensaba que sólo hablaba para embaucarnos pero sabía que debía ser cierto que una vez fue humano y por tanto su alma podía ser redimida. Me conocía y confiaba en mí, así que dejó que siguiera su explicación negándose a escuchar y dispuesto a interrumpir ante el menor indicio de ataque.
El vampiro continuó:
-Me dirigí hacia el norte por caminos sólo transitados por quienes escapábamos de la matanza y por bandidos que nos diezmaban impunemente. Hasta que una fría tarde me crucé con un rebaño. Entre alaridos, las bestias corrían enloquecidas; algunas caían muertas por el miedo, otras aplastadas por el resto. Mi caballo se encabritó arrojándome al suelo, y allí quedé solo esperando a los lobos.
Pero por primera vez en mi vida no tenía miedo. Me alcé sin hacer caso de mis heridas y mirando al cielo grité con tanta furia que de mi boca salió un rugido pavoroso. Lo hice llamando a lo más terrible, recordando el nombre de todos los demonios sobre los que había leído alguna vez. Cuando agaché la cabeza habían tres mujeres frente a mí; su piel era blanca como la luna y sus ojos oscuros como la misma maldad. Una se acercó y dejó que la poseyera allí mismo. Desaté mi furia sin ningún control. Las otras comenzaron a volar a nuestro alrededor cantando en un idioma oscuro, diferente a todos los que había oído nunca. Bebí de su sangre hasta saciarme. Cuando me levanté me había convertido en lo que veis.
Corrí por los caminos de esa Europa sumida en la oscuridad. Las personas me tomaban por un sabio bondadoso, o un joven decidido, según fuera mi deseo. Nadie veía entonces mi verdadera forma. Empecé a curar a todo tipo de enfermos, ocultando mis hechizos entre versos hebreos, cirugía y gestos rituales. Pronto era un médico judío de renombre al que acudían prohombres de todas partes, sifilíticos, viejos o ciegos, da igual, todos dispuestos a pagar algo más que su dinero por ganar un instante de vil tiempo para cometer sus pecados. No tardé en darme cuenta que quienes sanaban tenían algo de malditos y que una siniestra fuerza los empujaba a su destino.
No había piedad en mí; por entonces, refugiado en la oscuridad de la noche ya buscaba, en las fondas o en las casas, alimento para encerrar mi alma exhausta en esta terrible morada que soy yo.
La maldición de Inocencio VIII. Primera parte
Noviembre 24, 2007
Y la bestia dejó de gritar. Sus alaridos salían del círculo trazado con tiza en el suelo carentes de poder. Al fin, tras tres años de fatigas y pérdidas, lo habíamos atrapado en aquel cuartucho de paredes desconchadas y ventanas tapiadas, invocado y encerrado por el sortilegio que un inquisidor quemado por brujo había grabado en la corteza de un árbol.
Pieter desenfundó la espada ansioso de acabar con la pesadilla, y ante su fin inminente la criatura comenzó a llorar ¡Qué espectáculo dantesco! Sentí pena por el monstruo. Pieter me miró y con un respeto que sólo él sabe transmitir, me dio su espada y dijo:
-acaba ya con su sufrimiento.
-Pide perdón por tus pecados- dije al monstruo buscando su mirada-, la pesadilla se acaba también para ti.
-Señor- contestó con una voz suave y dulce que escapaba entre sus colmillos-, le ruego confesión.
Pieter se arrepintió de no tener su espada, sospechando como siempre que podía tratarse de una trampa.
-Me mueve la mano de mi amo -dijo el monstruo-, pero una vez fui libre de pecar, y ese acto inmundo me transformó en lo que soy; en lugar de manos tengo garras, mi piel tiene escamas, mi aliento es una bruma maloliente y me alimento de sangre. Yo siembro odio, y mi señor recoge la cosecha. No temo al infierno porque ya vivo en él.
-Dios es misericordioso, incluso para ti- le expliqué con la esperanza de obtener un verdadero triunfo-, pero tu arrepentimiento ha de ser sincero. Habla libremente, te escucho.
Le devolví a Pieter su espada por lo que pudiera pasar. El ser se arrodilló y yo me acuclillé lo más cerca del círculo que la prudencia y mi compañero me permitieron.
-No hallaré perdón, pero sí un instante de consuelo -dijo suplicando a Pieter misericordia-. Os ruego que escuchéis toda la historia. Seré breve.
Albergaba la esperanza de que tras tanto tiempo de sufrimiento inhumano aflorara el arrepentimiento antes de que Dios, como tantas otras veces, guiara el firme brazo de Pieter el Terrible. Matarlo sería sólo una solución temporal; que salvara su alma, un triunfo cósmico.
-Que lejano es todo ahora -comenzó-. Éramos una rica familia de nuevos cristianos y yo leía a Picco de la Mirandola con fervor y esperanza. Prometía una comunión, una paz filosófica, un respeto por las diferencias y el entendimiento. Entonces llegó la inquisición con permiso para tomarlo todo. Mi familia fue quemada al completo por culpa de mi biblioteca. Sentí que la sed de venganza hacía presa de mí y consagré mi existencia a la destrucción de la Iglesia. Recuerdo haber perdido mi alma viendo cómo el horizonte entero se iluminaba con el fuego de todo lo que alguna vez había amado.

