La frecuencia fundamental de María Carrillo.

junio 15, 2007

Lo primero, como todos los días desde que empezó su iniciación fue hacer bien la cama. Luego abrió el armario y comprobó que la maleta estaba lista. Se vistió metódicamente, se rodeó el cuello con un pañuelo y atravesó el salón del piano para salir hacia su último día de trabajo en la universidad.

Pero sonó el teléfono. Cualquier cosa fuera de lo planeado le ponía de los nervios. Por eso María Carrillo había desterrado todo lo inesperado de su vida hasta sacrificarlo todo por el Plan. Ya había abierto la puerta y el teléfono insistía aumentando las probabilidades de que no fuera la llamada errónea de un desconocido.

Descolgó casi desafiante, dispuesta a acabar con esa pequeña incertidumbre. Al otro lado sonó lo que parecía el tono de un fax. María tardó demasiado en reconocer la Melodía en él.

Arrancó torpemente el cable del auricular y salió corriendo. A un metro de la puerta chocó de cara contra una barrera invisible reventándose la nariz. La sangre descendía por los lados de un decágono regular que parecía formarse en el aire.

Mientras ella sacaba el lápiz esa cosa empezó a vibrar a su alrededor atravesándola con sus sonidos. María sabía que el primer paso sería el análisis y el cálculo del periodo de vibración característico de su cuerpo para luego emitir la consiguiente frecuencia de resonancia. Tenía poco tiempo hasta que el gólem emitiera el sonido que la destruiría descomponiéndola hasta lo más elemental.

Pero ella tenía una oportunidad. Conocía el secreto del Número. Primero palpó hasta hacerse una idea de la forma y tamaño de la bolsa que le rodeaba. Rallando en el suelo de madera comenzó a hacer hipótesis poco plausibles que servirían de semilla para su salvación. Ella buscaba el ritmo que podía llevar a esa criatura hasta una inercia de vibración caótica parecida a un infarto de corazón. Pero eran muchos cálculos y mucha la precisión necesaria, y el dolor de su nariz rota no le permitía concentrarse.

Pensaba en eso cuando empezó la canción. Su cuerpo respondió vibrando con ella, los huesos temblaban por dentro y todas sus estructuras, sólidas o no, tiritaban. La sangre del suelo entró en ebullición formando burbujas poliédricas. La muerte estaba cerca y María Carrillo sólo pudo gritar antes de reventar en una masa de astillas, carne y sangre.

El ser destructor era ahora rojo, como una célula sanguínea con una tormentosa emulsión homogénea en su interior. Siguió con su vibración, hasta que ya no hubo tejido, sólo gas y cristales de mineral de calcio en suspensión. Ya no había nada de María cuando cesó la turbulencia.

Terminada su misión, el gólem se marchó, dejando tras de sí una nube que pronto se difundiría quedando el salón cubierto de una fina capa de polvo blanco.

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