Segundo domingo

El mismo equipaje que el domingo anterior, ahora con un cronómetro y un bocadillo. Las mismas ceremonias, los mismos saludos.
Recordó la reacción de Miguel, compañero de trabajo y amigo de entre-semana cuando le contó, entre cafés e impaciencia, la emocionante experiencia transtemporal del domingo anterior.
-Es un remolino, un lugar caótico-se apresuró a remarcar Miguel mientras hacía una extraña gráfica en una servilleta de bar- sin duda ese sitio está cerca de un atractor temporal.
Miguel era un colaborador nato, nunca pondría objeciones a una experiencia de Paula. Ellos hablaban siempre en broma y siempre en serio y en sus conversaciones siempre se llegaba a alguna conclusión. Entre ellos, todo lo que acontecía eran hechos, ya fueran de su vida, de su imaginación, o de sus libros. Si lo que ocurrió el domingo había sido un hecho de la mente o del espacio era casi lo de menos. Había ocurrido y debía ser investigado hasta el final.
-Hazme caso, si quieres replicar esa experiencia, debes repetir exactamente las mismas condiciones-prosiguió Miguel subrayando algo del papelito- cualquier cambio infinitesimal en ese lugar, y no ocurrirá.
Miguel odiaba los cambios, hasta los infinitesimales. Por eso, con esa frase, a parte de una teoría sobre la realidad entendida como mínimo de una forma muy superficial, también dejaba claro otra vez que no quería ir con ella. Que no debían verse fuera de esa cafetería junto al trabajo, en esa prisión de rutina laboral donde todo estaba bajo su control. A pesar de su fuerza intelectual, la vida sentimental de Miguel estaba cogida con pinzas y vivía en un continuo estado de alarma. Amaba la quietud. Temía y evitaba la ocasión en general, y la ocasión en que pudiera ocurrir algo entre ellos en particular. Tal vez para fantasear con ella.
Paula lo tenía calado. Sabía que Miguel adoraba tanto sus fantasías que evitaba todo riesgo de que la realidad las estropeara. Eso, unido a una mezcla venenosa entre falsa ausencia de autoestima y romanticismo hacían de Miguel un onanista mental, que corría el peligro de transformarse en un vampiro emocional si se le daba la mínima oportunidad. Y como ella nunca se la daría, su amistad no correría ningún riesgo.
Y pensando esto, siguió exactamente el mismo camino hasta el jardín racional. Sabía que sólo llevar el cronómetro, sólo pensar el la conversación con Miguel, ya eran cambios más que mínimos, que la situación era irrepetible. Paró a mitad de recorrido, casualmente junto a una de esas cafeterías con grandes cristales que forman un escaparate. Paula se fijó en los otros paseantes que habían desembarcado de sus viajes para tomar un café. Ella les miró sin disimulo, se fijó en ellos, se preguntó de donde vendrían, si eran de otras ciudades o vecinos. Se quedó un buen rato, hasta que vio cómo un camarero de una prodigiosa nariz servía unas magdalenas de chocolate a unas abuelitas de pelos de colores. Mandó al garete los cambios infinitesimales y entró.
Un café con leche y cuatro magdalenas en ese lugar bastaron para llevarle a ese onírico bienestar de los domingos por la mañana. Y entonces Paula llegó a la sencilla conclusión de que era ese el estado mental con el que debía ir para poder percibir de nuevo lo que quiera que hubiera ocurrido. Por un instante, mientras el chocolate líquido del interior de una quinta magdalena reventaba en su boca estuvo a punto de aflorar la certeza de que no era el lugar lo realmente importante. Pero eso se quedó en la punta de la lengua, y no salió de allí esa mañana, tal vez por efecto adormecedor de los conservantes del chocolate.
Dispuesta, pagó y salió al paseo. Ahora no se preocupó por andar las mismas calles, hasta dejó de pensar en lo que había ocurrido el domingo pasado. Y justo al cruzar el enorme portón abierto de par en par que daba límite al jardín se topó, a su derecha, con la entrada de su túnel. Cuando entró en él la sombra y el silencio lo cubrieron todo. Las telarañas atrapaban la luz y los gorriones campaban a sus anchas sin reparar en ella. Paula desechó inconscientemente la idea de poner en marcha el cronómetro. Sencillamente se le olvidó. Tal vez porque ya sabía que el intento de medición habría roto el hechizo del momento. De pie, respirando despacio enfocó sus sentidos hacia el otro lado, más allá de la salida del túnel, tras la danza de la Yedra y el Aire. Hasta sentir los latidos de su propio corazón.
Si Miguel estuviera mirando, seguramente pensaría que Paula había entrado en un bucle de autosugestión hasta evocar esa sensación intemporal, ese misterio. Pero Miguel era un cambio infinitesimal y, de haber estado allí, no habría pasado nada.

Transcribo aquí una de las mejores “aclaraciones” sobre la naturaleza del fuego secreto de los filósofos que he encontrado. Proviene de un manuscrito de siglo XVI que se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Dice así:

“Yo, Jean Pontanus, he visitado múltiples regiones y reinos, -a fin de conocer verdaderamente qué es la Piedra de los Filósofos-, y después de haber recorrido los confines del mundo, sólo he encontrado falsos Filósofos y farsantes. Sin embargo, por un continuo estudio de los libros de los Sabios, aumentándose mis dudas, he hallado la verdad; pero aún conociendo la materia he errado doscientas veces antes de poder encontrar la operación práctica de esta verdadera materia.
Primero, empecé mis operaciones por las putrefacciones del Cuerpo de esta materia durante nueve meses y no encontré nada. Durante algún tiempo la puse al baño maría y del mismo modo erré. La mantuve y puse en un fuego de calcinación durante tres meses, y operé mal.

Intenté y probé todos los géneros y modos de destilaciones y sublimaciones, según lo que los Filósofos dicen o parecen decir, por ejemplo Geber, Arquelaos y casi todos los demás y tampoco encontré nada.

Por último, intenté alcanzar y perfeccionar el objeto de todo el Arte de Alquimia, de todas las maneras imaginables: por el estiércol, el baño, las cenizas y por otros mil géneros de fuego que los Filósofos mencionan en sus libros; pero no descubrí nada válido.

Por lo cual, durante tres años seguidos estudié los libros de los Filósofos, sobre todo el único Hermes, cuyas breves palabras comprenden todo el magisterio de la Piedra, aunque hable de un modo muy obscuro de las cosas superiores e inferiores, del Cielo y de la Tierra.

Por lo tanto, toda nuestra aplicación y nuestros cuidados sólo deben estar dirigidos hacia el conocimiento de la verdadera práctica, en la primera, segunda y tercera Obra.

No se trata del fuego de baño, de estiércol, de cenizas ni ninguno de los otros fuegos que nos evocan y describen los filósofos en sus libros.

Entonces, ¿cuál es aquél fuego que perfecciona y acaba la Obra entera desde el principio hasta el final? Ciertamente, todos los Filósofos lo han ocultado; pero yo, conmovido por un impulso de misericordia, quiero declararlo junto con la completa realización de toda la Obra.

La Piedra de los Filósofos es única y es una, pero oculta y envuelta en la multiplicidad de distintos nombres, y antes de que puedas conocerla pasarás muchas fatigas; difícilmente la encontrarás por tu propio ingenio. Es acuosa, aérea, ígnea, terrestre, flemática, colérica, sanguínea y melancólica. Es un azufre y también Plata viva (mercurio).

Tiene varias superfluidades que, te lo aseguro por el dios viviente, se convierten por medio de nuestro fuego en verdadera y única Esencia. Y quien -creyéndolo necesario- separe alguna cosa del objeto, seguro que de Filosofía nada sabe. Ya que lo superfluo, lo sucio, lo inmundo, lo vil, lo fangoso y, por lo general, toda la substancia del objeto, se perfecciona por medio de nuestro fuego en un cuerpo espiritual fijo. Esto, los Sabios nunca lo han revelado y, como consecuencia, pocas personas llegan a este Arte, pues imaginan que algo sucio y vil debe ser separado.

Ahora debemos manifestar y extraer las propiedades de nuestro fuego; si éste conviene a nuestra materia tal como lo he dicho, es decir, si es transmutado junto con la materia, entonces dicho fuego no quema la materia, nada separa de ella, no divide ni aparta las partes puras de las impuras, tal como dicen todos los Filósofos, sino que convierte todo el objeto en pureza. No sublima a la manera de Geber, Arnaldo y todos los demás que han hablado de sublimaciones y destilaciones. En poco tiempo se realiza y perfecciona.

Este fuego es mineral, invariable y continuo, no se evapora si no es excitado en exceso; participa del azufre, se toma y proviene, no de la materia, sino de otro lugar. Todo lo rompe, disuelve y congela, igualmente congela y calcina; es difícil de encontrar por la industria y por el Arte. Dicho fuego es compendio y resumen de toda la Obra, sin tomar ninguna otra cosa o por lo menos poco, este mismo fuego se introduce y es de débil ignición; porque con este pequeño fuego se realiza toda la Obra y juntas se hacen todas las requeridas y debidas sublimaciones.

Los que lean a Geber y todos los demás Filósofos, aunque vivieran cien millones de años, no podrían comprenderlo, pues este fuego sólo se puede descubrir por la única y profunda meditación del pensamiento; después será posible comprenderlo en los libros, y no de otra manera. Por lo tanto, el error en este Arte es no encontrar este fuego, que convierte la materia en la Piedra de los Filósofos.

Concéntrate, pues, en este fuego, porque si yo lo hubiese encontrado en primer lugar no hubiese errado doscientas veces sobre la propia materia. A causa de ello, ya no me sorprende que tantas personas no consigan llegar a la realización de la Obra. Yerran, erraron y errarán siempre, en cuanto a que los Filósofos sólo han puesto su propio agente en una sola cosa, que Artefius ha nombrado, pero hablando sólo para sí mismo. Si no fuese porque he leído a Artefius, lo he oído y comprendido, nunca hubiese llegado a la realización de la Obra.

He aquí cuál es dicha práctica: se debe tomar la materia con gran diligencia, triturarla físicamente y colocarla en el fuego, es decir, en el horno; pero también hay que conocer el grado y la proporción del fuego. A saber, es preciso que el fuego externo tan sólo excite la materia ; en poco tiempo este fuego, sin manipularlo para nada, ciertamente realizará toda la Obra. Ya que putrifica, corrompe, engendra y perfecciona la obra entera, haciendo aparecer los tres principales colores: el negro, el blanco y el rojo. Y mediante nuestro fuego la medicina se multiplicará, si está conjunta con la materia cruda, no sólo en cantidad sino también en virtud.

Busca, pues, este fuego con todas las fuerzas de tu espíritu y llegarás a la meta que te has propuesto; pues él es quien hace toda la Obra y es la llave de todos los Filósofos, y en sus libros nunca la han revelado. Si piensas muy profundamente en las propiedades de este fuego antes descrito, lo conocerás, pero de otro modo, no.

Así pues, conmovido por un impulso de misericordia he escrito esto, pero para quedar satisfecho debo decir que el fuego no está en absoluto transmutado con la materia como dije antes. He querido decirlo y advertir a los prudentes de estas cosas, para que no gasten inútilmente su dinero y sepan de antemano lo que deben buscar, por este medio llegarán a la verdad del Arte; de otra manera, no. A Dios.”

Alegor�a de la Alquimia en Notre-Dame

 

Los domingos de Paula I.

julio 19, 2007

Primer domingo.

Hacía una mañana clara muy brillante. El dios Sol calentaba las sábanas y el dios Aire, cargado de Azahar, las refrescaba. Un largo día propio, entero, domingo y sola.
Hoy habrá paseo, tal vez lectura, tal vez cine, tal vez algún amigo con el que tomar algo.
Lo primero, mecánico. Ponerse las gafas y salir muy lentamente de la cama. Ponerse la bata, recuerdo suave de un frustrante viaje a Tailandia. Las zapatillas de toalla y el baño. En el espejo una mujer de cuarenta y cinco años más bien gordita, mirada poderosa de color marrón, pelo canoso y piel muy blanca. Paula.

Su vida está llena de ceremonias sagradas. Le gusta desayunar como un marajá. Es adicta a la bollería en todas sus vertientes, de la más selecta de panadería a los horripilantes pastelitos de supermercado. Patrik era una persona mundana que desayunaba porque lo hacían los demás. Interpretaba los excesos sensuales de Paula como señal de debilidad. Ella no admitía molestia alguna, y menos aún lecciones de sobriedad. Nunca se dejó amedrantar ni lo más mínimo. En la mente de Patrik, Paula pasó de tener un “mal despertar” a “mala hostia”. Estuvo cerca de engañarla y hacerle creer que tenía mal carácter, que comía demasiado, que no se preocupaba por el futuro, que era una antisocial. Ahora ella se iba desintoxicando de toda esa basura que cuelgan en ti cuando te resistes a la inercia de los demás y, si algo le molestaba de verdad, es el no haberse dado cuenta de esa niebla que tanto llegó a oscurecer su horizonte. Si estaba herida en algo era en su orgullo. Su orgullo recuperado.
No pensaba en eso todo el rato, eran como pequeños fogonazos que acudían cuando hacía las cosas más triviales. A veces lloraba de pura rabia por el sinsentido de lo que había vivido, pero no creía haber perdido ni un día de su vida. Tenía muy claro que el tiempo no es una moneda de cambio. Y eso la diferenciaba más que cualquier otra cosa de Patrik y los de su calaña.

Zapatillas, pantalones vaqueros y un gran bolso en el que no debe faltar un libro y pastelitos industriales. El equipaje de los domingos. Bajó los cinco pisos que le separaban de la calle y, resuelta, emprendió la marcha.
La rutina dominical incluía el saludo a la señora mayor con su minúsculo perrito. Un vistazo fugaz a las revistas de un kiosco, unas sonrisas cómplices a una niña del vecindario y una mirada asesina de aviso a algún conductor potencialmente temerario.
De todos sus ritos, el más sagrado era el paseo. Paseo como comunión. Paseo como medicina. Cama para estar en ella misma y paseo para estar en el mundo. Siempre hay rincones nuevos y gente curiosa sobre la que imaginar. Un sano duermevela en el que se dejaba guiar por sus pasos hasta un café en un lugar desconocido. Cada calle llevaba azarosamente hacia otra hasta que algo curioso la detenía.
Esta vez fue un jardín de corte racional que no visitaba desde hacía años. Lleno de setos geométricos, intemporales estatuas de dioses, fuentes que animaban la contemplación y, por desgracia, fotógrafos, cámaras de vídeo y novios que un día enseñarán ese momento en enormes álbumes de cuero haciéndolo eterno para todos sus amigos. Paula odia las bodas. Hace años que las rechaza con fanatismo irracional. Responde por escrito a las invitaciones contando sus motivos que suelen empezar con un “si fuerais amigos míos no me habríais invitado, pues sabríais que odio las bodas. Sin serlo ¿cómo se os ocurre?”. Lo hace por pura crueldad. A veces se permite ser arisca, pero sólo en cuestiones muy precisas como ésta. Y casi nunca con sus amigos.

Ahora se había propuesto explorar toda esa geografía geométrica sin cruzarse con los numerosos novios. Los situaba en un plano mental y aéreo del jardín y paseaba tratando de prever sus movimientos para evitarlos. Como en un come-cocos viviente esquivó todas las parejas hasta llegar a lo más recóndito del jardín, un túnel de oscura hiedra con bancos, unas pocas ventanas llenas de telarañas y maceteros de piedra. Con una entrada y una salida luminosas. El sitio ideal para encuentros amorosos con algún paseante como ella. Paula se sentó para disfrutar de la fantasía, ese lugar podría convertirse en una trampa de intimidad si alguien entraba. Eligió un asiento a la misma distancia de sus dos bocas. Como ese extraño no acudía a la invocación, abrió el bolso y comió parte de sus pastelitos. Quienes sostienen que los sentidos son influidos por la cultura, argumentan que los esquimales pueden distinguir muchos tonos de blanco. Paula, nacida en esta cultura del colesterol, reconocía, como mínimo, tantos sabores distintos de chocolates industriales como tonos de blanco podría distinguir un esquimal. Se le pasó por la cabeza la idea de catalogar esos tonos de sabor utilizando frases como “al llegar a ingerir 250 gramos de este chocolate, se produce una sensación alcalina en toda la boca, seguida de un adormecimiento del paladar y un ligero picor de lengua” pero ésta idea no llegó, como tantas ocurrencias, mas allá que a rozar su consciencia. Al rato Paula miraba la salida preguntándose dónde conduciría. No se oía nada. Casi podía distinguir las pisadas de las arañas en sus telas. Le gustó tanto la sensación de misterio que se dejó apoderar por ella. Se quedó tan quieta, tan integrada en ese paisaje, que un gorrión se posó primero sobre el respaldo del banco, luego sobre su cabeza.

Ya se habían terminado los pastelitos y la luz había cambiado. Paula se levantó y caminó hacia la inexplorada salida, ahora menos luminosa. Cuando estaba a un paso, un pequeño escalofrío la detuvo. Respiró hondo y dio media vuelta para seguir sobre sus pasos hasta casa, procurando desandar el camino de la mañana por las mismas calles. Durante el regreso pensó que no había querido romper el encanto de ese misterioso lugar. En realidad no había cruzado ese umbral por puro miedo.

Cuando abrió la puerta de su casa ya estaba anocheciendo. Habían pasado más de diez horas desde que salió. El tiempo había pasado tan rápido que Paula no se lo podía creer, valoró la posibilidad de que la oscuridad hubiera sido causada por un eclipse antes de ceder ante la idea de haber pasado el día entero totalmente obnubilada en aquel jardín. Cuando comprobó la hora en el reloj de su cocina, la idea del eclipse se esfumó como el catálogo de chocolates industriales.

Pero lo que no se marchó, lo que vino a su mente para quedarse, fue el asombro.

Una de las muchas miserias de trabajar era no poder pasear entre semana. Los días de diario el paseo es distinto. Y, aunque podía ser gratificante ir caminando al trabajo, no era suficiente. Alguna vez el impulso de pasear entre semana había sido tan grande como para fingir una indisposición y fugarse. Hay que hacer caso a esos arrebatos, no es necesario buscarles explicación. Están llenos de una sabiduría que no podemos entender del todo. Pero esta vez retuvo la tentación de volver a ese sitio hasta el siguiente domingo. Tal vez pensó que ese extraño fenómeno sólo le podría ocurrir los domingos. Tal vez quería disfrutar de esa sensación de misterio una semana entera.
Se le ocurrió llevar un reloj la próxima vez. Esa pequeña idea era la punta de un enorme presentimiento, algo le había ocurrido al tiempo en ese lugar. Ni siquiera tenía hambre para cenar. Le costó conciliar el sueño. Tenía el paladar adormecido y le picaba la lengua.

Pablo era un muñeco que se movía sólo. Le gustaban las bromas macabras, como esconderse entre otros muñecos y moverse de repente, corriendo entre las estanterías.
La gente, para continuar con su vida, trataba de convencerlo de que encontrara un trabajo, a pesar de su evidente minusvalía; de que se casara, a pesar de su aspecto; de tener hijos, a pesar de que Pablo era de trapo; de tener preocupaciones de verdad, tener una vida de verdad, envejecer. Y morir.

A Pablo le daban consejos a la mínima ocasión. Gente que desde luego no era feliz. A los ojos de Pablo estaba claro que no sabían vivir.
-¡Parece mentira que un muñeco sepa vivir y un hombre no!- le dijo un día a un anciano que se sentaba en un banco.

-La gente de trapo no tenéis nuestros problemas- contestó el anciano.
-Vivís al día sin pensar en la muerte, ni en la soledad.
Sois alegres y sencillos, como pudimos ser nosotros.
Pero hemos vendido nuestra alma al diablo.
Y ahora juega con nuestras vidas.
Y nos marea para divertirse.
Si tienes miedo de que se te caigan los dientes, tendrás caries.
Si temes a las arrugas, cada día tendrás una.
Si tienes miedo a la soledad, nadie tendrás que te escuche.
Yo soy un viejo, estoy sólo, no tengo dientes.
Y no es para tanto. La muerte siempre está ahí, así que ¡para qué preocuparse!
Ahora soy libre como tú, muñeco de trapo. Así que no me digas como tengo que vivir.

Pablo se sentó con el viejo.
Y vieron como la gente se preocupaba a su alrededor.

Alucinación

julio 16, 2007

Alguien dijo que existe una palabra (paranoico) para el que se cree perseguido sin estarlo, pero no la hay para el perseguidor que no es consciente de lo que está haciendo.

Escribo aquí una definición moderna de alucinación: imágenes mentales que, procediendo de fuentes internas de información, son evaluadas como procedentes de fuentes externas de información; habitualmente se producen como una intrusión (no son controladas voluntariamente).

Habría que buscar una palabra para su contrario: imágenes mentales que, procediendo de fuentes externas de información, son evaluadas como procedentes de fuentes internas de información; y aunque no son controladas por el que las sufre, son percibidas como una opinión propia.

En las teorías sociales de la persuasión, para convencer, es más efectivo dejar que sean los propios receptores quienes extraigan sus conclusiones siempre y cuando el mensaje sea fácilmente comprensible. La teoría de la inoculación de McGuire, por ejemplo, propone que la preexposición de una persona a una forma debilitada de material que amenace sus actitudes, hará a esa persona más resistente ante tales amenazas. Como con las vacunas, el material inoculado no debe ser tan fuerte como para superar las defensas.

Estos desarrollos teóricos nos pueden servir como pista de cómo los medios de control de la opinión utilizan argumentos sesgados que implican conclusiones necesarias para que los receptores crean que han tomado decisiones propias en la formación de su opinión. Es de esperar que este control casi mágico del pensamiento sea fruto de estudio y práctica; sus efectos son patentes cuando vemos el comportamiento de la gente, siempre tan acorde con las necesidades del poder.

Transcribo aquí un relato perfecto. Nadie nunca mediante la prosa me mostró mejor la terrorífica cara de la inercia:

En la Galería.
Franz Kafka.

Si alguna débil y tísica amazona circense fuera obligada por un director despiadado a dar vueltas a la pista sin interrupción durante meses, a golpe de fusta, sobre un ondulante caballo, ante un público incansable; a pasar como una exhalación, lanzando besos, saludando y flexionando la cintura, y si esa representación se prolonga indefinidamente, bajo el incesante estrépito de la orquesta y de los ventiladores, acompañada por fluctuantes olas de aplausos, entonces, tal vez algún joven espectador de la galería bajaría rápidamente las largas escalinatas, cruzaría los estrados, irrumpiría en la pista y gritaría: “¡basta!”, en medio del estrépito de la siempre oportuna orquesta.

Pero no es así; una hermosa joven, blanca y sonrosada, sale de detrás de los cortinajes que los criados abren ante ella; el director, buscando con deferencia su mirada, se acerca como un animal sumiso; con cuidado, la ayuda a subir al caballo; como si fuera su nieta predilecta a punto de iniciar un viaje peligroso; no se decide a dar el latigazo de partida; finalmente, como obligándose a sí mismo, lo da, restallante; corre junto al caballo, con la boca abierta; sigue con mirada atenta los saltos de la amazona, como si no pudiera dar crédito a tanta destreza; trata de aconsejarla con gritos en inglés; furioso, exhorta a los empleados que sostienen los arcos para que tengan más cuidado; antes del gran salto mortal, pide silencio a la orquesta con los brazos en alto; finalmente, ayuda a la muchacha a desmontar del tembloroso corcel, la besa en ambas mejillas y todos los aplausos le parecen insuficientes; mientras ella, sostenida por él, erguida sobre la punta de los pies, rodeada de polvo, con los brazos extendidos y la cabecita echada hacia atrás, desea compartir su felicidad con el circo entero. Como esto es lo que ocurre, el espectador de la galería apoya el rostro sobre la baranda y, hundiéndose en la marcha final como en una honda pesadilla, llora sin darse cuenta.