Los domingos de Paula I.

julio 19, 2007

Primer domingo.

Hacía una mañana clara muy brillante. El dios Sol calentaba las sábanas y el dios Aire, cargado de Azahar, las refrescaba. Un largo día propio, entero, domingo y sola.
Hoy habrá paseo, tal vez lectura, tal vez cine, tal vez algún amigo con el que tomar algo.
Lo primero, mecánico. Ponerse las gafas y salir muy lentamente de la cama. Ponerse la bata, recuerdo suave de un frustrante viaje a Tailandia. Las zapatillas de toalla y el baño. En el espejo una mujer de cuarenta y cinco años más bien gordita, mirada poderosa de color marrón, pelo canoso y piel muy blanca. Paula.

Su vida está llena de ceremonias sagradas. Le gusta desayunar como un marajá. Es adicta a la bollería en todas sus vertientes, de la más selecta de panadería a los horripilantes pastelitos de supermercado. Patrik era una persona mundana que desayunaba porque lo hacían los demás. Interpretaba los excesos sensuales de Paula como señal de debilidad. Ella no admitía molestia alguna, y menos aún lecciones de sobriedad. Nunca se dejó amedrantar ni lo más mínimo. En la mente de Patrik, Paula pasó de tener un “mal despertar” a “mala hostia”. Estuvo cerca de engañarla y hacerle creer que tenía mal carácter, que comía demasiado, que no se preocupaba por el futuro, que era una antisocial. Ahora ella se iba desintoxicando de toda esa basura que cuelgan en ti cuando te resistes a la inercia de los demás y, si algo le molestaba de verdad, es el no haberse dado cuenta de esa niebla que tanto llegó a oscurecer su horizonte. Si estaba herida en algo era en su orgullo. Su orgullo recuperado.
No pensaba en eso todo el rato, eran como pequeños fogonazos que acudían cuando hacía las cosas más triviales. A veces lloraba de pura rabia por el sinsentido de lo que había vivido, pero no creía haber perdido ni un día de su vida. Tenía muy claro que el tiempo no es una moneda de cambio. Y eso la diferenciaba más que cualquier otra cosa de Patrik y los de su calaña.

Zapatillas, pantalones vaqueros y un gran bolso en el que no debe faltar un libro y pastelitos industriales. El equipaje de los domingos. Bajó los cinco pisos que le separaban de la calle y, resuelta, emprendió la marcha.
La rutina dominical incluía el saludo a la señora mayor con su minúsculo perrito. Un vistazo fugaz a las revistas de un kiosco, unas sonrisas cómplices a una niña del vecindario y una mirada asesina de aviso a algún conductor potencialmente temerario.
De todos sus ritos, el más sagrado era el paseo. Paseo como comunión. Paseo como medicina. Cama para estar en ella misma y paseo para estar en el mundo. Siempre hay rincones nuevos y gente curiosa sobre la que imaginar. Un sano duermevela en el que se dejaba guiar por sus pasos hasta un café en un lugar desconocido. Cada calle llevaba azarosamente hacia otra hasta que algo curioso la detenía.
Esta vez fue un jardín de corte racional que no visitaba desde hacía años. Lleno de setos geométricos, intemporales estatuas de dioses, fuentes que animaban la contemplación y, por desgracia, fotógrafos, cámaras de vídeo y novios que un día enseñarán ese momento en enormes álbumes de cuero haciéndolo eterno para todos sus amigos. Paula odia las bodas. Hace años que las rechaza con fanatismo irracional. Responde por escrito a las invitaciones contando sus motivos que suelen empezar con un “si fuerais amigos míos no me habríais invitado, pues sabríais que odio las bodas. Sin serlo ¿cómo se os ocurre?”. Lo hace por pura crueldad. A veces se permite ser arisca, pero sólo en cuestiones muy precisas como ésta. Y casi nunca con sus amigos.

Ahora se había propuesto explorar toda esa geografía geométrica sin cruzarse con los numerosos novios. Los situaba en un plano mental y aéreo del jardín y paseaba tratando de prever sus movimientos para evitarlos. Como en un come-cocos viviente esquivó todas las parejas hasta llegar a lo más recóndito del jardín, un túnel de oscura hiedra con bancos, unas pocas ventanas llenas de telarañas y maceteros de piedra. Con una entrada y una salida luminosas. El sitio ideal para encuentros amorosos con algún paseante como ella. Paula se sentó para disfrutar de la fantasía, ese lugar podría convertirse en una trampa de intimidad si alguien entraba. Eligió un asiento a la misma distancia de sus dos bocas. Como ese extraño no acudía a la invocación, abrió el bolso y comió parte de sus pastelitos. Quienes sostienen que los sentidos son influidos por la cultura, argumentan que los esquimales pueden distinguir muchos tonos de blanco. Paula, nacida en esta cultura del colesterol, reconocía, como mínimo, tantos sabores distintos de chocolates industriales como tonos de blanco podría distinguir un esquimal. Se le pasó por la cabeza la idea de catalogar esos tonos de sabor utilizando frases como “al llegar a ingerir 250 gramos de este chocolate, se produce una sensación alcalina en toda la boca, seguida de un adormecimiento del paladar y un ligero picor de lengua” pero ésta idea no llegó, como tantas ocurrencias, mas allá que a rozar su consciencia. Al rato Paula miraba la salida preguntándose dónde conduciría. No se oía nada. Casi podía distinguir las pisadas de las arañas en sus telas. Le gustó tanto la sensación de misterio que se dejó apoderar por ella. Se quedó tan quieta, tan integrada en ese paisaje, que un gorrión se posó primero sobre el respaldo del banco, luego sobre su cabeza.

Ya se habían terminado los pastelitos y la luz había cambiado. Paula se levantó y caminó hacia la inexplorada salida, ahora menos luminosa. Cuando estaba a un paso, un pequeño escalofrío la detuvo. Respiró hondo y dio media vuelta para seguir sobre sus pasos hasta casa, procurando desandar el camino de la mañana por las mismas calles. Durante el regreso pensó que no había querido romper el encanto de ese misterioso lugar. En realidad no había cruzado ese umbral por puro miedo.

Cuando abrió la puerta de su casa ya estaba anocheciendo. Habían pasado más de diez horas desde que salió. El tiempo había pasado tan rápido que Paula no se lo podía creer, valoró la posibilidad de que la oscuridad hubiera sido causada por un eclipse antes de ceder ante la idea de haber pasado el día entero totalmente obnubilada en aquel jardín. Cuando comprobó la hora en el reloj de su cocina, la idea del eclipse se esfumó como el catálogo de chocolates industriales.

Pero lo que no se marchó, lo que vino a su mente para quedarse, fue el asombro.

Una de las muchas miserias de trabajar era no poder pasear entre semana. Los días de diario el paseo es distinto. Y, aunque podía ser gratificante ir caminando al trabajo, no era suficiente. Alguna vez el impulso de pasear entre semana había sido tan grande como para fingir una indisposición y fugarse. Hay que hacer caso a esos arrebatos, no es necesario buscarles explicación. Están llenos de una sabiduría que no podemos entender del todo. Pero esta vez retuvo la tentación de volver a ese sitio hasta el siguiente domingo. Tal vez pensó que ese extraño fenómeno sólo le podría ocurrir los domingos. Tal vez quería disfrutar de esa sensación de misterio una semana entera.
Se le ocurrió llevar un reloj la próxima vez. Esa pequeña idea era la punta de un enorme presentimiento, algo le había ocurrido al tiempo en ese lugar. Ni siquiera tenía hambre para cenar. Le costó conciliar el sueño. Tenía el paladar adormecido y le picaba la lengua.

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Una respuesta to “Los domingos de Paula I.”

  1. Vanesa Says:

    Con tu relato, me has transportado a recuerdos de tardes pasadas en ese jardín, en ese banco en la mitad del túnel…
    Es precioso, tiene algo mágico, como tus palabras.

    Un abrazo enormeee!!


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