Los domingos de Paula II.

julio 24, 2007

Segundo domingo

El mismo equipaje que el domingo anterior, ahora con un cronómetro y un bocadillo. Las mismas ceremonias, los mismos saludos.
Recordó la reacción de Miguel, compañero de trabajo y amigo de entre-semana cuando le contó, entre cafés e impaciencia, la emocionante experiencia transtemporal del domingo anterior.
-Es un remolino, un lugar caótico-se apresuró a remarcar Miguel mientras hacía una extraña gráfica en una servilleta de bar- sin duda ese sitio está cerca de un atractor temporal.
Miguel era un colaborador nato, nunca pondría objeciones a una experiencia de Paula. Ellos hablaban siempre en broma y siempre en serio y en sus conversaciones siempre se llegaba a alguna conclusión. Entre ellos, todo lo que acontecía eran hechos, ya fueran de su vida, de su imaginación, o de sus libros. Si lo que ocurrió el domingo había sido un hecho de la mente o del espacio era casi lo de menos. Había ocurrido y debía ser investigado hasta el final.
-Hazme caso, si quieres replicar esa experiencia, debes repetir exactamente las mismas condiciones-prosiguió Miguel subrayando algo del papelito- cualquier cambio infinitesimal en ese lugar, y no ocurrirá.
Miguel odiaba los cambios, hasta los infinitesimales. Por eso, con esa frase, a parte de una teoría sobre la realidad entendida como mínimo de una forma muy superficial, también dejaba claro otra vez que no quería ir con ella. Que no debían verse fuera de esa cafetería junto al trabajo, en esa prisión de rutina laboral donde todo estaba bajo su control. A pesar de su fuerza intelectual, la vida sentimental de Miguel estaba cogida con pinzas y vivía en un continuo estado de alarma. Amaba la quietud. Temía y evitaba la ocasión en general, y la ocasión en que pudiera ocurrir algo entre ellos en particular. Tal vez para fantasear con ella.
Paula lo tenía calado. Sabía que Miguel adoraba tanto sus fantasías que evitaba todo riesgo de que la realidad las estropeara. Eso, unido a una mezcla venenosa entre falsa ausencia de autoestima y romanticismo hacían de Miguel un onanista mental, que corría el peligro de transformarse en un vampiro emocional si se le daba la mínima oportunidad. Y como ella nunca se la daría, su amistad no correría ningún riesgo.
Y pensando esto, siguió exactamente el mismo camino hasta el jardín racional. Sabía que sólo llevar el cronómetro, sólo pensar el la conversación con Miguel, ya eran cambios más que mínimos, que la situación era irrepetible. Paró a mitad de recorrido, casualmente junto a una de esas cafeterías con grandes cristales que forman un escaparate. Paula se fijó en los otros paseantes que habían desembarcado de sus viajes para tomar un café. Ella les miró sin disimulo, se fijó en ellos, se preguntó de donde vendrían, si eran de otras ciudades o vecinos. Se quedó un buen rato, hasta que vio cómo un camarero de una prodigiosa nariz servía unas magdalenas de chocolate a unas abuelitas de pelos de colores. Mandó al garete los cambios infinitesimales y entró.
Un café con leche y cuatro magdalenas en ese lugar bastaron para llevarle a ese onírico bienestar de los domingos por la mañana. Y entonces Paula llegó a la sencilla conclusión de que era ese el estado mental con el que debía ir para poder percibir de nuevo lo que quiera que hubiera ocurrido. Por un instante, mientras el chocolate líquido del interior de una quinta magdalena reventaba en su boca estuvo a punto de aflorar la certeza de que no era el lugar lo realmente importante. Pero eso se quedó en la punta de la lengua, y no salió de allí esa mañana, tal vez por efecto adormecedor de los conservantes del chocolate.
Dispuesta, pagó y salió al paseo. Ahora no se preocupó por andar las mismas calles, hasta dejó de pensar en lo que había ocurrido el domingo pasado. Y justo al cruzar el enorme portón abierto de par en par que daba límite al jardín se topó, a su derecha, con la entrada de su túnel. Cuando entró en él la sombra y el silencio lo cubrieron todo. Las telarañas atrapaban la luz y los gorriones campaban a sus anchas sin reparar en ella. Paula desechó inconscientemente la idea de poner en marcha el cronómetro. Sencillamente se le olvidó. Tal vez porque ya sabía que el intento de medición habría roto el hechizo del momento. De pie, respirando despacio enfocó sus sentidos hacia el otro lado, más allá de la salida del túnel, tras la danza de la Yedra y el Aire. Hasta sentir los latidos de su propio corazón.
Si Miguel estuviera mirando, seguramente pensaría que Paula había entrado en un bucle de autosugestión hasta evocar esa sensación intemporal, ese misterio. Pero Miguel era un cambio infinitesimal y, de haber estado allí, no habría pasado nada.

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Una respuesta to “Los domingos de Paula II.”

  1. Vanesa Says:

    Que bonito!!!
    Espero impaciente al siguiente domingo de Paula.
    Un abrazo enorme!!!


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