Madre,

me trajiste al mundo en nuestra casa, en el bosque, aquella fría noche de noviembre casi sin luna. Los lobos llevaban todo el día aullando, “anunciando mi llegada” decía la abuela. Mis tres hermanas se nos unieron cuando yo salí de ti, pero también acudió aquel hombre de pelo rojo y ojos como el ámbar. Tú sabías que un espíritu me acompañaba y de algún modo también a él. Me dio su bendición y te dijo que no volvería a verme hasta pasado un tiempo. Y así lo hizo.

Aquella otra noche, doce años después, la luna y yo nos bañábamos en el río y la sangre de mi útero se mezcló con las aguas por primera vez. Entonces llegó Sticna. Me habló para explicarme que él siempre había protegido a aquellos que nacían hermanados con su espíritu, que compartían la otra mitad de la esencia de aquel poder que con su bendición le guiaba y protegía a lo largo de los siglos. Dijo que volveríamos a vernos y que si yo lo deseaba él sería mi maestro.

Pero cuando se marchó interrogué a las aguas iluminadas por la luna, y en su superficie plateada en lugar de mi reflejo vi el rostro del Lobo Rojo. Él me confesó que el orgullo de Sticna y el cumplimento de una venganza lo habían vuelto loco y que ya no le acompañaba por propia voluntad, sino sometido por su magia. Un día que Sticna estuvo apunto de morir, aprovechando su debilidad, el lobo se desgarró a sí mismo tratando de abandonarlo y esa mitad que me había escogido en mi nacimiento quería liberarse por completo:

– Será él o tú – me dijo – pues quiere recuperar lo que cree que es suyo.

Ahora que se está desarrollando mi poder, lo que Sticna cree saber sobre mí ha cambiado; mi verdadera naturaleza no le es conocida y tampoco mi destino. Me veo en un campo de batalla, cabalgando un dragón, luchando junto a los lobos. En frente, el mal que ahoga la tierra y debe ser expulsado. Junto a mí mi hijo, un varón que a pesar de su condición será presentado a la luna; su pelo será como el fuego y sus ojos no conocerán el miedo.

Pero un destino no se cumple si no colocamos las piedras que conducen hasta él, si no disipamos toda niebla que lo oculte.

Sticna es poderoso madre pero, como dice la abuela, sólo es un hombre.

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Cuando Thiess fue juzgado por licantropía en Jürgensburg en 1691 ya había cumplido los ochenta y seis años. Por supuesto no negó parte de las acusaciones; no sólo él, sino también sus compañeros se transformaban en lobos para viajar hasta el fin del mar, hasta el inframundo, lugar donde el diablo y los magos descendían para llevar las mercancías que robaban a las pobres gentes. Recuperaban así las cosechas y el ganado evitando que se arruinara la tierra. Por ello lo que jamás estaría dispuesto a confesar, lo que nunca pronunciaría su garganta ante los jueces sería el hecho de que su don se debiera a un pacto con el demonio. ¡Jamás le arrancarían semejante confesión! Él era uno de los “perros de Dios” y mantuvo y mantendría durante toda su vida los campos y los bosques limpios de esos magos y esas brujas que gustaban de torturar a sus víctimas con toda clase de maleficios.

Muchas habían sido las batallas en las que Thiess había participado y muchas las cicatrices recibidas: tenía la nariz rota del golpe de escoba que le propinó el infame Skeistan, un mago del que dio buena cuenta algo después. También lucía con orgullo las cicatrices de quemaduras fruto de sus encontronazos con diablos. Sin embargo, de pocas cosas estaba Thiess tan orgulloso como del día en que cazó y despedazó a tres strigoi, tres brujas especialmente poderosas que habían estado mortificando a las buenas gentes de Sighisoara, ciudad de Transilvania desde la que reclamaron su ayuda algunos de sus hermanos licántropos. Los lobos las habían estado buscando día y noche sin descanso y aunque no fue del todo infructuosa la búsqueda (si no a las strigoi al menos sí dieron caza a unos bandidos y a un par de vampiros), a menudo perdían el rastro de aquellas malditas en diferentes puntos del bosque como si se hubieran desvanecido en la nada.

Fue entonces cuando Thiess comprendió que necesitarían la ayuda de aquellos que mejor conocían el lugar y convocaron e interrogaron a todo tipo de animales, pero sólo obtuvieron respuestas confusas y aun contradictorias. Sin embargo sí contestaron con precisión a una de sus preguntas, pues dicho conocimiento se transmitía de generación en generación entre todo tipo de bestias: cuál era el árbol más viejo que todavía vivía en en el bosque.

A petición suya, los cuervos le llevaron ante el respetable anciano, casi milenario, cuya imponente copa, la envergadura de su tronco y los prodigiosos dibujos de sus nudos eran para él tan dignos de veneración como la más hermosa de las catedrales. Una vez allí les dejaron a solas y Thiess conversó largamente con el roble. Su conciencia, tal como el mismo le explicó, abarcaba todo el bosque a través de las raíces enmarañadas de todas las plantas que conformaban el tapiz de su espíritu y poco o nada escapaba a su conocimiento. Este era el caso de las indignas strigoi y así, mientras meditaba bajo sus ramas, el árbol le indicó dónde se encontraba el cubil secreto de las brujas, las cuales solían ocuparlo durante el día para reposar su malignidad lejos de la luz del sol.

Una vez conoció su secreto decidió no aguardar ni un minuto más, por lo que transformado en terrible lobo, a la carrera, llegó hasta la recóndita guarida y las destripó sin piedad sorprendiéndolas mientras dormían. Marchó después satisfecho a contar lo ocurrido a sus compañeros y todos festejaron y compusieron canciones sobre aquella gesta durante el banquete que se organizó en cuanto salió la luna no muy lejos del portal que llevaba hasta el fuerte de las hadas.

Pero lo que Thiess no sabía ni supo en lo que duró su larga vida, fue que había cometido un terrible error. Las strigoi eran brujas poderosas y su fama de vampiros no se debía sólo a que si sus cuerpos no eran destrozados tras su muerte podían vagar como no muertos, sino que también eran experimentadas exploradoras del reino de los sueños. Disfrazadas de pesadillas obtenían gran poder del terror que provocaban en sus víctimas y en ocasiones llegaban a enfermarlas o matarlas. Cuando sus cuerpos fueron destrozados, sus espíritus se refugiaron en los sueños que estaban tejiendo y juraron que hallarían el modo de volver a pisar este mundo y vengar la ofrenta recibida sobre toda la estirpe de Thiess y todo aquel que osara interponerse en su dominio sobre aquellos bosques.

Más de trescientos años después, bañado en sudor frío despertó en el refugio de los lobos el joven Thiess Dobre, aquel a quien los garou tras un augurio llamaron “El Mensajero del Grande”. Inquieto fue a hablar con sus compañeros y sin saber aún a qué se refería exactamente les dijo:

– Han vuelto.

En ese momento comenzó a nevar de nuevo y algo en su interior les dijo que ese invierno sería muy muy largo.

Relato de ficción inspirado en los datos sobre el licántropo lituano Thiess y su juicio citados por Mircea Eliade en su ensayo “Algunas observaciones sobre la brujería europea”