Como muchas otras mañanas, Bogdan cabalgó hasta el rincón del bosque donde su célebre antepasado Emerik Slavko Spacal erigió un pequeño altar para rendir culto a Veles. Hizo traer una losa grabada con su imagen que durante siglos había adornado la plaza de un mercado en un pequeño pueblo de Croacia, por algo es el dios de las riquezas y el comercio. Como protector del ganado, Emerik pensó que le ayudaría en su empresa cuando decidió dedicarse a la cría de caballos lipizanos y abastecer las caballerizas de la corte del emperador Maximiliano II en Viena. Y como mago buscaba la influencia de su patrón bajo la cual desarrollar al máximo sus artes. El hecho de que no las utilizara exactamente en beneficio de la comunidad era algo que durante su época llegó incluso a trascender en algunos escritos de la tradición. Debería haber sido por la lectura de estos escritos por lo que Bogdan, más de cuatrocientos años después, tenía que haber conocido las andanzas de su ancestro, pero esto no había resultado exactamente así.

Desde niño, Bogdan se había maravillado con las leyendas, los antiguos mitos y la magnífica colección de libros que formaban parte del legado familiar junto a la casa palaciega y las caballerizas. Maravillado sobre todas las cosas por la hermosura del mundo. Pronto comenzó a realizar en secreto sus propios estudios. Aprendió por ejemplo a invocar a los espíritus de los muertos, heraldos de Veles, para recibir de ellos todo tipo de consejos y mensajes. Fue a través de una de las puertas que había aprendido a abrir por donde acudió hasta él el espíritu de su ancestro.

Comenzó a visitarlo sin haber sido reclamado y le hablaba en sueños prometiendo entregarle todos los secretos que había atesorado en vida. Un día le mostró donde había enterrado un artefacto que el mismo había elaborado; se trataba de un Strophalos, un disco de oro que tenía grabados caracteres arcanos y un zafiro en su centro y le enseñó a manejarlo según las enseñanzas de Proclo. Aquello que tenía escrito era una poderosa fórmula que otorgaba poder sobre el mundo sobrenatural, haciéndolo visible al ojo humano. Con el tiempo, su ancestro fue aproximándose a él más y más hasta que comenzó a hablarle de la existencia de un poderoso artefacto de temible poder y del lugar donde había sido ocultado: “tómalo y yo te enseñaré a manejarlo. Hazlo antes de que vengan los lobos. No te permitirán alcanzar más poder, ya tienes demasiado. Son tus enemigos y acabarán contigo tal como hicieron conmigo. Con ese objeto y mi ayuda jamás podrán hacerte daño y si ellos lo encuentran primero todo estará perdido.”

La vehemencia con que Emerik le instaba a encontrar el objeto, conocer el secreto de su existencia y la amenaza de los lobos comenzaron a atormentarlo. Y como ni las cosas buenas ni las malas suelen venir solas, algunos espíritus oportunistas decidieron acecharlo.

Por eso aquella mañana Bogdan se sentó frente a la imagen de Veles. Pidió sabiduría para tomar sus decisiones y prudencia para sus actos. Después entregó las ofrendas que había traído al dios enterrándolas junto a las raíces de los árboles.

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Jelena no se sorprendió cuando fue llamada al cónclave que se iba a celebrar en la colina del roble sagrado. La tormenta del día anterior había sido particularmente elocuente. Hacía tiempo que las flechas de Perun, los rayos con que el señor del cielo y guardián de los bienes de la tierra da caza a su enemigo, no habían caído con tal abundancia. Era la señal indudable de que algo grave pasaba. Había incluso quien dijo en aquella reunión que no sólo hubieron rayos, sino que llegó a verse sobre el valle una de las míticas “manzanas de oro” del dios, las esferas ígneas con las que aplica su justicia definitiva.

Mediante estas armas ha protegido desde siempre sus dominios. Estos abarcan el tronco y las ramas del Árbol Cósmico; los reinos de la tierra y del cielo. Con la forma de un águila se posa sobre la más alta de sus ramas y nada puede escapar a su vista. Siempre vigila en especial las apariciones sobre la tierra de Veles, señor del Inframundo, aquel que reina sobre las raíces del árbol y vuelve incansablemente convertido en dragón para robar todas las riquezas. No contento con compartir la esposa con Perun, el mismísimo sol que desciende a su reino cada noche, emerge para hacer suyos a los hijos de los hombres, el ganado o las cosechas. Es entonces cuando Perun, eterno centinela, persigue a la serpiente con sus rayos, y de nada suele servirle intentar esconderse bajo la forma de un animal u ocultarse tras un árbol. Cuando al fin es abatido, aquellos que todavía tienen oídos para escuchar oyen la atronadora voz de Perun gritando: “ese es tu sitio, ¡quédate ahí pues!”, y la lluvia baña la tierra para hacer que retorne lo arrebatado.

Pero ningún dios actúa solo, y Perun aún tiene servidores sobre la tierra.

Bajo aquel roble, los licántropos renovaron su juramento de proteger el mundo y viajarían, si fuera necesario, “más allá del mar” -de donde casi nadie regresa- para recuperar lo que los magos, ladinos adoradores de Veles, pudieran haber robado esta vez. Tatuaron para su iniciación a los más jóvenes con las marcas del trueno y separaron sus pasos prometiendo que se reunirían tras una semana para compartir lo que se hubiera descubierto.

Jelena, llamada entre los lobos “Vara del Roble” por su temple, sabiduría y sentido de la justicia, fue enviada por el anciano hacia la región del Carso, cerca de la frontera con Italia. Allí encontraría al adversario.

Perun contra Veles