Y la bestia dejó de gritar. Sus alaridos salían del círculo trazado con tiza en el suelo carentes de poder. Al fin, tras tres años de fatigas y pérdidas, lo habíamos atrapado en aquel cuartucho de paredes desconchadas y ventanas tapiadas, invocado y encerrado por el sortilegio que un inquisidor quemado por brujo había grabado en la corteza de un árbol.
Pieter desenfundó la espada ansioso de acabar con la pesadilla, y ante su fin inminente la criatura comenzó a llorar ¡Qué espectáculo dantesco! Sentí pena por el monstruo. Pieter me miró y con un respeto que sólo él sabe transmitir, me dio su espada y dijo:
-acaba ya con su sufrimiento.
-Pide perdón por tus pecados- dije al monstruo buscando su mirada-, la pesadilla se acaba también para ti.
-Señor- contestó con una voz suave y dulce que escapaba entre sus colmillos-, le ruego confesión.
Pieter se arrepintió de no tener su espada, sospechando como siempre que podía tratarse de una trampa.
-Me mueve la mano de mi amo -dijo el monstruo-, pero una vez fui libre de pecar, y ese acto inmundo me transformó en lo que soy; en lugar de manos tengo garras, mi piel tiene escamas, mi aliento es una bruma maloliente y me alimento de sangre. Yo siembro odio, y mi señor recoge la cosecha. No temo al infierno porque ya vivo en él.
-Dios es misericordioso, incluso para ti- le expliqué con la esperanza de obtener un verdadero triunfo-, pero tu arrepentimiento ha de ser sincero. Habla libremente, te escucho.
Le devolví a Pieter su espada por lo que pudiera pasar. El ser se arrodilló y yo me acuclillé lo más cerca del círculo que la prudencia y mi compañero me permitieron.
-No hallaré perdón, pero sí un instante de consuelo -dijo suplicando a Pieter misericordia-. Os ruego que escuchéis toda la historia. Seré breve.

Albergaba la esperanza de que tras tanto tiempo de sufrimiento inhumano aflorara el arrepentimiento antes de que Dios, como tantas otras veces, guiara el firme brazo de Pieter el Terrible. Matarlo sería sólo una solución temporal; que salvara su alma, un triunfo cósmico.

-Que lejano es todo ahora -comenzó-. Éramos una rica familia de nuevos cristianos y yo leía a Picco de la Mirandola con fervor y esperanza. Prometía una comunión, una paz filosófica, un respeto por las diferencias y el entendimiento. Entonces llegó la inquisición con permiso para tomarlo todo. Mi familia fue quemada al completo por culpa de mi biblioteca. Sentí que la sed de venganza hacía presa de mí y consagré mi existencia a la destrucción de la Iglesia. Recuerdo haber perdido mi alma viendo cómo el horizonte entero se iluminaba con el fuego de todo lo que alguna vez había amado.

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Un Mundo Mayor

noviembre 7, 2007

Los dáimones han sido en gran parte olvidados, relegados a la esfera de lo irreal, de lo fantástico. Los hombres miran a otro lado, inconscientes de su existencia, ajenos a su propia naturaleza daimónica. En otros tiempos se convivía, se les escuchaba, se les temía. Los encuentros con ellos estaban cargados de significado. Podían darte suerte, fuerza, transformarte o destruirte. Ahora se viven como alucinaciones, como signo de enfermedad, de locura. No por ello dejan de existir. Los hombres sirven a dáimones que no conocen, que no eligen. Sin su ayuda, a menudo las vidas quedan vacías, sin sentido. En la naturaleza está que todo daimon necesita de las personas, como toda persona necesita de los dáimones, el encuentro sigue ocurriendo.

Pero, ¿qué son los dáimones? Con el tiempo se les relegó a meros demonios, pero dáimones son todos esos seres misteriosos que pueblan los lugares y se aparecen a la gente. Desde las musas a los extraterrestres, tienen en común el interés por las personas, como nosotros tenemos en común el interés por ellos. Al clasificar el mundo entre fantástico o imaginado y material o tangible, se les ha alejado de nosotros. El racionalismo les ha intentado dejar al margen, su experiencia nos es extraña y ya no se nos enseña a verlos, y menos a entenderlos. Los dáimones son a veces etéreos, a veces corpóreos, vienen del mundo imaginal, la realidad intermedia, el mundo del alma que la modernidad nos ha arrebatado.
Pero a pesar de eso están tan vivos como siempre, igual de activos. Se acercan a nosotros igual de curiosos, igual de hambrientos. Negar su existencia no les hace desaparecer, sólo dificulta la convivencia.

Quien aprende a invocarlos o sencillamente no aprieta los ojos, o quien es más sensible a esas cosas porque siempre ha visto, es candidato a ser su invitado o su huésped. A viajar por sus mundos, a recibir su poder. Los que cierran todas las puertas no se libran de su influjo pues los dáimones se ocultan en muchos sitios, adoptan forma de ideas, de sueños, de deseos. Quienes se atrevan a conocerlos, tendrán la opción de conocer su daimon, de conocerse a sí mismo, de conocer el mundo.

John Collier. The Land Baby