La maldición de Inocencio VIII. Primera parte

noviembre 24, 2007

Y la bestia dejó de gritar. Sus alaridos salían del círculo trazado con tiza en el suelo carentes de poder. Al fin, tras tres años de fatigas y pérdidas, lo habíamos atrapado en aquel cuartucho de paredes desconchadas y ventanas tapiadas, invocado y encerrado por el sortilegio que un inquisidor quemado por brujo había grabado en la corteza de un árbol.
Pieter desenfundó la espada ansioso de acabar con la pesadilla, y ante su fin inminente la criatura comenzó a llorar ¡Qué espectáculo dantesco! Sentí pena por el monstruo. Pieter me miró y con un respeto que sólo él sabe transmitir, me dio su espada y dijo:
-acaba ya con su sufrimiento.
-Pide perdón por tus pecados- dije al monstruo buscando su mirada-, la pesadilla se acaba también para ti.
-Señor- contestó con una voz suave y dulce que escapaba entre sus colmillos-, le ruego confesión.
Pieter se arrepintió de no tener su espada, sospechando como siempre que podía tratarse de una trampa.
-Me mueve la mano de mi amo -dijo el monstruo-, pero una vez fui libre de pecar, y ese acto inmundo me transformó en lo que soy; en lugar de manos tengo garras, mi piel tiene escamas, mi aliento es una bruma maloliente y me alimento de sangre. Yo siembro odio, y mi señor recoge la cosecha. No temo al infierno porque ya vivo en él.
-Dios es misericordioso, incluso para ti- le expliqué con la esperanza de obtener un verdadero triunfo-, pero tu arrepentimiento ha de ser sincero. Habla libremente, te escucho.
Le devolví a Pieter su espada por lo que pudiera pasar. El ser se arrodilló y yo me acuclillé lo más cerca del círculo que la prudencia y mi compañero me permitieron.
-No hallaré perdón, pero sí un instante de consuelo -dijo suplicando a Pieter misericordia-. Os ruego que escuchéis toda la historia. Seré breve.

Albergaba la esperanza de que tras tanto tiempo de sufrimiento inhumano aflorara el arrepentimiento antes de que Dios, como tantas otras veces, guiara el firme brazo de Pieter el Terrible. Matarlo sería sólo una solución temporal; que salvara su alma, un triunfo cósmico.

-Que lejano es todo ahora -comenzó-. Éramos una rica familia de nuevos cristianos y yo leía a Picco de la Mirandola con fervor y esperanza. Prometía una comunión, una paz filosófica, un respeto por las diferencias y el entendimiento. Entonces llegó la inquisición con permiso para tomarlo todo. Mi familia fue quemada al completo por culpa de mi biblioteca. Sentí que la sed de venganza hacía presa de mí y consagré mi existencia a la destrucción de la Iglesia. Recuerdo haber perdido mi alma viendo cómo el horizonte entero se iluminaba con el fuego de todo lo que alguna vez había amado.

 Ir a la segunda parte>

Anuncios

2 comentarios to “La maldición de Inocencio VIII. Primera parte”


  1. Un comienzo bueno, que da pie a esperar una buena continuación. Me gusta la ambientación que has creado, y, aunque con este fragmento todavía es muy pronto para decirlo, los personajes parecen tener cierta profundidad más alla de los tópicos bien-mal.

    Un saludo,

    Pedro.

    Pd: Anduve un poco liado(demasiado trabajo) pero ya he enlazado tanto este blog como los pensamientos de un caósofo.

  2. Kiko Says:

    Gracias por tu animosa crítica.
    Espero que la siguiente parte sea interesante. El relato está inspirado en la oscura y truculenta muerte del papa Inocencio VIII.
    Me encanta tu blog y es un placer tenerte por aquí.
    Saludos.


Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s