La maldición de Inocencio VIII. Segunda parte

diciembre 2, 2007

Era grotesco, impensable que de esa boca saliera otra cosa que no fueran gemidos o rugidos. Pieter pensaba que sólo hablaba para embaucarnos pero sabía que debía ser cierto que una vez fue humano y por tanto su alma podía ser redimida. Me conocía y confiaba en mí, así que dejó que siguiera su explicación negándose a escuchar y dispuesto a interrumpir ante el menor indicio de ataque.
El vampiro continuó:
-Me dirigí hacia el norte por caminos sólo transitados por quienes escapábamos de la matanza y por bandidos que nos diezmaban impunemente. Hasta que una fría tarde me crucé con un rebaño. Entre alaridos, las bestias corrían enloquecidas; algunas caían muertas por el miedo, otras aplastadas por el resto. Mi caballo se encabritó arrojándome al suelo, y allí quedé solo esperando a los lobos.
Pero por primera vez en mi vida no tenía miedo. Me alcé sin hacer caso de mis heridas y mirando al cielo grité con tanta furia que de mi boca salió un rugido pavoroso. Lo hice llamando a lo más terrible, recordando el nombre de todos los demonios sobre los que había leído alguna vez. Cuando agaché la cabeza habían tres mujeres frente a mí; su piel era blanca como la luna y sus ojos oscuros como la misma maldad. Una se acercó y dejó que la poseyera allí mismo. Desaté mi furia sin ningún control. Las otras comenzaron a volar a nuestro alrededor cantando en un idioma oscuro, diferente a todos los que había oído nunca. Bebí de su sangre hasta saciarme. Cuando me levanté me había convertido en lo que veis.
Corrí por los caminos de esa Europa sumida en la oscuridad. Las personas me tomaban por un sabio bondadoso, o un joven decidido, según fuera mi deseo. Nadie veía entonces mi verdadera forma. Empecé a curar a todo tipo de enfermos, ocultando mis hechizos entre versos hebreos, cirugía y gestos rituales. Pronto era un médico judío de renombre al que acudían prohombres de todas partes, sifilíticos, viejos o ciegos, da igual, todos dispuestos a pagar algo más que su dinero por ganar un instante de vil tiempo para cometer sus pecados. No tardé en darme cuenta que quienes sanaban tenían algo de malditos y que una siniestra fuerza los empujaba a su destino.

No había piedad en mí; por entonces, refugiado en la oscuridad de la noche ya buscaba, en las fondas o en las casas, alimento para encerrar mi alma exhausta en esta terrible morada que soy yo.

<Ir a la primera parte        Ir a la tercera parte> 

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