El enfado de Leó Szilárd III

diciembre 3, 2007

Tercera parte y última. Las ideas y la gente: el problema de los huevos y las gallinas.
Cuando el nieto de Erasmus, Charles Robert Darwin, recibió para su revisión un artículo de Alfred Russell Wallace “On the tendency of varieties to depart indefinitely from the original type” lo calificó como el mejor resumen imaginable de las ideas en las que había estado trabajando durante los últimos veinte años. Juntos, Wallace y Darwin publicaron un artículo titulado “Sobre la tendencia de las especies a crear variedades; y sobre la perpetuación de las variedades y de las especies por medio de la selección natural”. Darwin recogió esa teoría en el libro “El Origen de las Especies” que agotó sus seis primeras ediciones en el primer día de venta.
El mito de los recursos limitados, que sustenta el mismo capitalismo estaba en pleno apogeo, los libros que generalizaban la lucha por la vida en un mundo de escasez como motor de la sociedad y la naturaleza misma salían literalmente a pares.
Ambos se inspiraron en la obra del economista Thomas Robert Malthus que defendió la idea de que la miseria era necesaria para evitar una catástrofe poblacional, llegando a proponer el hambre, la guerra y la enfermedad como mecanismos que evitan la degradación y la destrucción de la humanidad.
Esta promoción de la injusticia social como necesidad contra un mal mayor ha causado más daño que las bombas atómicas, pues da sustento ideológico a un sistema social irracionalmente cruento. Tanto sus bases lógicas como las presuntas pruebas en las que se basan estas ideas se han probado desde su origen hasta hoy falaces, en un debate que empezó mucho antes y continúa mucho después de la obra de estos autores. Como ejemplo basta ver las pretensiones de la sociobiología, que se podrían enmarcar dentro de la estructura de ideas sobre el fin de la historia que tratan de dar justificación mítica al actual sistema de poder.

Este fenómeno de descubrimientos simultáneos no sólo ocurre en ciencias tan teñidas de perjuicios sociopolíticos como la biología o la economía. Es algo común en la historia de la ciencia y de las ideas en general. Puede resultar llamativo, pues se tiende a glorificar autores y obras concretas como revolucionaria novedad. Pero es evidente que cualquier obra por muy original que sea, es expresión de unas inquietudes comunes, comunicables, inteligibles para un grupo social concreto.

Parece que esas ideas estaban maduras, que eran conclusiones fáciles de tomar. Tal vez estaban avocadas al éxito por su adecuación al pensamiento de la época o tal vez nunca hubieran triunfado sin ser defendidas por pensadores tan tenaces, inteligentes, influyentes y/o carismáticos. Quién sabe.

Se dice que estos genios hicieron historia, pero es evidente que la historia también les hizo a ellos. La dependencia entre las ideas y el individuo es mutua. Es en éste donde se expresan y elaboran. Somos el motor de su creatividad y es ahí donde entra el peso de nuestra decisión, nuestra responsabilidad en el devenir de la humanidad.

El espíritu de una época impregna tanto los paradigmas de los que parten las teorías como las cuestiones que nos inquietan, pero los individuos que dan vida a estas cuestiones y teorías no son meros instrumentos. Tienen voluntad. El sistema impone las cosas más atroces administrando la culpa y diluyéndola en una cadena de irresponsables. Los proclamados sabios no están exentos de esa inercia. Ni de culpa.

Desde que una ocurrencia es imaginada hasta que es hecha objeto o institución, pasa de ser imaginable a ser posible, de ser posible a ser factible, y de ser factible a realizarse. Cada uno de estos procesos aumenta la responsabilidad del individuo que los lleva a cabo, pero el hecho de que la responsabilidad en los últimos pasos sea mayor, no exime a quien lo imaginó, ni a quien teorizó sobre su aplicación.
Quien ordenó lanzar bombas atómicas sobre ciudades tiene más responsabilidad que quien patentó la bomba atómica. Y éste más que quien imaginó la fusión. Pero ambos, en la medida en que era predecible para ellos una futura aplicación de sus aportaciones, son responsables de las consecuencias de su invento.

Como individuos morales estamos capacitados para tratar las ideas con propiedad: no conformarnos escudándonos en lo cierto de una teoría sin estudiar las ideas críticas a ella; entender las consecuencias posibles de un invento y anteponer la moral a la lógica si es necesario. Todo en pro de un mundo que nos pertenece y que podemos cambiar cada uno en la medida de nuestras posibilidades, voluntad y suerte.

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