La maldición de Inocencio VIII. Tercera parte y última

enero 16, 2008

-Para mí fue un milagro. Ser a veces una bestia hambrienta no me pareció demasiado pago por una prueba de la Justicia Divina. Mi pecado no fue otro que la falta de fe. Recuperarla me costó el alma. Me descubrí a mi mismo como instrumento de Nuestro Señor. Soy un demonio que hace su papel con el convencimiento de que tras de sí está la Divina Voluntad.

En esta última afirmación, el Vampiro alzó un poco su mano verdosa, contemplándola como si todavía, después de varios siglos, le sorprendiera una forma tan nauseabunda. Y aunque en última instancia su afirmación como parte del Plan era cierta, casi le cuesta la vida al pobre diablo. Pieter, alzó su espada y, murmurándome que no había arrepentimiento sino mezquino orgullo, sólo me dio tiempo a rogar que no lo matara antes de cortar la horrible mano de un tajo.

El monstruo se limitó a arrodillarse en el suelo soltando un agudo quejido, lastimoso como el de un niño herido de muerte, y la espada de mi compañero se calmó.

-¡Piedad, vuestra merced tenga la gracia de concederme un único momento de paz antes de poner mi otra rodilla en el Infierno! Dejadme confesar el pecado que me hizo tomar este sendero. ¡Confesión!

Le dejé seguir más por curiosidad que por esperanza de obtener arrepentimiento. Su contemplación ahora me hacía pensar sobre un orden que nunca se había roto, una cadena de seres de Dios en la que él ocupaba un terrible eslabón. Temí que Pieter notara en mi rostro algo de asentimiento ante su proceder y pensara que había caído en algún tipo de encantamiento. Me asaltó el miedo de que así fuera, pero tenía a Pieter, siempre dispuesto. Pieter el Implacable, el Penitente, mi fiel amigo.

El habla suave del monstruo cortó mis pensamientos:

-Era Julio y se ultimaba un viaje con el que uno de los muchos bastardos del Papa Inocencio ofrecería de nuevo a los malditos Reyes Católicos oro que saquear y reinos a los que imponer el fuego de la Iglesia.

Se decía que Inocencio VIII era padre de Roma, no por Papa, sino por ser padre carnal de gran parte de sus ciudadanos. Era débil y avaro y su pecado atraía a la enfermedad como el excremento a las moscas.

Yo acechaba allí, en la ciudad más corrupta y podrida de la cristiandad, curando la legión de gentes que pululaban alrededor del dinero y la lujuria. Y una mañana todo un ejército papal se presentó en mi puerta para llevarme en presencia del Santo Padre, que deliraba en la cama pidiendo perdón por sus pecados.

Le desperté con un salmo y un poco de humo. Mantuvimos una corta conversación que un demonio me dictaba al oído. Le prometí que podía sanarlo, como a muchos conocidos suyos, y le advertí con sinceridad que debería pagar un alto precio por postergar su muerte. Le enseñé las oraciones a Mi Señor, a quien se debía encomendar a partir de entonces.

No sé si por ignorancia o por costumbre, se sorprendió de que no le pidiera ningún favor material. Me ofreció tierras y títulos. Me dijo que había mucho oro por venir. Entonces le murmuré, por si no me había entendido bien: “sólo quiero tu alma”. Y al fin asintió tembloroso.

Le dimos de beber la sangre de tres niños, prometiéndoles a sus padres un ducado de oro que nunca les fue pagado, pues la muerte de sus hijos fue inútil. En su duermevela, fingiendo demencia, el pontífice bebía de un falso Cáliz de la última cena, mientras yo le mostraba mi verdadero rostro. Entró llorando en un profundo sueño del que despertó con un aspecto más digno de su alma, con el que vivió en secreto casi un año más, lo que tardamos en preparar debidamente al digno sucesor.

Lo que sigue ya no importa. La Justicia fue hecha. No puedo hacer nada a los Santos, y a los inocentes no puedo causar más daño que enviarlos a la Gloria.

Parecía que acababa su discurso. El final del pecador siempre es desdichado y sentí una gran piedad por todas las víctimas de la tentación. Entonces el Vampiro se levantó y siguió hablando, ahora con otra voz, y esta vez mirándome fijamente a los ojos dijo:

-Has obrado por orgullo dejándome hablar. No te preocupa mi alma, sólo tienes avaricia de saber. Te has dejado embaucar porque te gusta lo que soy. Ocupas un lugar que no te corresponde. No eres nada, ni judío, ni cristiano, ni turco. Buscabas al Monstruo y sabías que te encontrarías a ti mismo.

Sencillamente no podía reaccionar, el peso de sus palabras me mantenía inerte como cuando un gato aplasta un ratón contra el suelo.

– Y tú, ¡asesino de niños! -dijo volviéndose hacia Pieter-, has comido de..

Pero a Pieter ningún poder oscuro le velaba la vista y la cabeza del monstruo rodó antes de terminar la frase. Nos conocíamos y sabíamos de nuestras debilidades y nuestros pecados. Abrimos la puerta y dejamos pasar el aire.

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