Ir a la parte (I)

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ISIA

El resto del camino fue sin voces ni autómatas. El ascensor conducía a un laberíntico pasillo y éste terminaba en un enorme despacho cuyas paredes estaban repletas de estanterías. Y las estanterías repletas de cosas, incluso libros de papel. De pie tras una mesa, le observaba lo que primero -por deformación profesional-, le pareció una armadura antigua, luego una estatua de oro y finalmente un robot de un tiempo lejano.

Sus formas eran sencillas, de una feminidad minimalista y elegante. El doctor, haciendo gala de su coraje, habló hacia las paredes proclamando con los brazos, tratando de dejar claro que en realidad hablaba con un interlocutor que tal vez estuviera a miles de kilómetros de distancia:

-Me llamo Onoe Nogushige, soy de Hitoko, doctor en historia: ¿queréis que os dé mi opinión sobre esta estatua móvil? Pues es hermosa, muy antigua y tal vez su mecanismo ya haya desaparecido fundido por las aguas del mar. Ese es el destino de todos y de todo, ser disueltos en las aguas del eterno mar.

-De la espuma del mar nació una hermosa diosa; no es un mal final- dijo la estatua con una voz dulce y más bien grave- Por favor, tome asiento Doctor Onoe. Le aseguro que no se arrepentirá de haber venido.

El doctor titubeó un poco pero se sentó. La estatua bordeó la mesa de despacho hasta acercarse lo suficiente a él como para poder susurrarle. Medía casi dos metros. Acuclillada para enfrentar sus ojos de oro y plata frente a los del doctor dijo con voz muy débil:

– Onoe es un nombre hermoso. Yo me llamo ahora Isia. Conozco su docta opinión acerca de las máquinas y me parece razonable. También sé de su gusto por el arte. Piense que habla con una obra de arte cuando se dirige a mí y escuche lo que le voy a decir. Obviemos por ahora todo lo demás, ya habrá tiempo de entendernos.

– ¡No deberían programar máquinas para que hablen como humanos!- gritó el doctor haciendo caso omiso a su interlocutor y tratando de no mirarle- Pronto sólo quedarán ellas, fingiendo en un mundo inerte. Es curioso como la humanidad se ha destruido a sí misma y deja como legado una caricatura de una caricatura. ¡Es patético! Y ahora, ¿os sigue pareciendo razonable mi opinión?

La estatua se levantó con una sonrisa y cambiando el tono, primero burlón y al final muy serio dijo:

– ¡Qué atrevido! Aquí es honesto, pero en sus escritos vela su opinión entre un montón de citas e idiomas que sólo entienden unos cuantos elegidos. Argot de falsos revolucionarios, pedantes, amargados de la vida, alejados del mundo, hipócritas y miserables. Usted es uno de ellos. Supongo que se sabe decadente, así que somos dos caricaturas hablando cara a cara. No está mal. No quiero turbarle más, pero es necesario que me conozcas. Me mira como si fuera algo demoníaco y en parte tiene razón, pero por razones distintas a las que imagina.

El doctor la miró, ahora asustado de verdad: era como si alguien con recursos hubiera querido enfrentarle a su pesadilla más terrible. La estatua siguió hablando:

– ¿Conoce usted el mito de Isis y Osiris, doctor?

– ¿Entonces se trata de eso, de hablar de mitología?- contestó el doctor, extrañamente aliviado.

– No exactamente Onoe -dijo con cara franca la estatua-, te he llamado para que asistas conmigo a su renacimiento.

4

POR QUÉ EL DOCTOR ONOE ESTABA TAN ENFADADO

Es raro que el doctor pierda así la compostura, y menos aún frente a unos desconocidos.

Nada más verla, Onoe supo que estaba ante un objeto de arte único de una belleza que sometía su ego. Su amor a una antigüedad idealizada le hizo ver en ella algo que la humanidad había perdido, algo que hacía latir su corazón con fuerza. Nunca se había sentido tan frágil frente a una máquina.

Lo primero que atrajo su atención fue el delicado brillo de sus formas, tan sencillas; luego, su aliento cálido y húmedo. Onoe odiaba hasta la náusea a los patéticos que consolaban su lujuria y su arruinado ego con autómatas, pero a nivel inconsciente ese calor que salía de la boca de la máquina le excitó; y excitarse le hizo sentir extrañeza y asco de sí mismo dejándole absolutamente desarmado.

Y mientras, tanto las palabras de ese ser como su lenguaje corporal eran auténticos. Su mirada de oro y de plata no seguía sus pupilas, no se dirigía al ojo ni al cerebro. Ese robot lo miraba en el alma, como sólo un humano podía hacerlo. Es más, ella le miraba como nunca nadie lo había hecho antes.

El doctor quería existir, por eso gritaba a las paredes, como pataleando. Desnudado de su personaje e indefenso ante lo que le superaba y no conocía, Onoe se sintió extrañamente vivo, como debía sentirse un niño. Por eso no se marchó.

La mirada del antropólogo

noviembre 22, 2008

Lo peculiar para mí, en cuanto anarca, es que vivo en un mundo que “en el fondo de mi corazón” no tomo en serio”.*

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Que este mundo nuestro está lleno de costumbres absurdas y lógicas defectuosas es algo que difícilmente se le escapa a nadie. La gente es capaz de gran autoengaño, pero para ciertas evidencias las pruebas son continuas y pertinaces. La cuestión radica más bien en cómo se enfrenta uno con esta sospecha que con la edad se convierte en certeza.

Hay gente -me atrevería a decir que la mayoría-, que decide poner todos sus esfuerzos en ser alguien “normal”. La idea de diferencia, de discrepancia, les espanta. Piensan que el planteamiento de ciertos peros -o incluso de uno sólo-, les llevará a la infelicidad, hará que todo el edificio se tambalee y por eso deciden, desde los moldes que han sido diseñados para ellos, conformarse en realidad con una infelicidad fabricada en serie para todos y que sólo se hará llevadera si no piensas demasiado en ella. En todo caso -barruntan-, no había opción: “las cosas son así” suele ser el lema, o bien “hay que ser realista”.

Para mí esta falsedad siempre resultó imposible. No se me da bien engañarme y aún menos en cuestiones fundamentales. A duras penas puedo aguantar, por ejemplo un trabajo, si su banalidad no me permite vivenciarlo como desde fuera, como observador a la vez que partícipe, distanciamiento que mantiene a buen recaudo un núcleo fundamental que los absurdos acontecimientos que a veces nos rodean no pueden tocar. En ese lugar hay una calma pasmosa. Y allí se alza la atalaya desde la que observar las cosas con la mirada de un antropólogo, alguien que registra las costumbres de una cultura que le resulta exótica, en la que sólo se integrará hasta cierto punto y de la que, en el fondo, se siente desvinculado.

Recuerdo que uno de mis juegos de la niñez era imaginar costumbres ridículas y que éstas estaban tan arraigadas que para todo el mundo resultaban esenciales. Después de tales juegos ya no se ven las costumbres reales con los mismos ojos. Tal vez por eso, un día que paseaba de la mano de mi madre y un conocido del barrio se acercó a hablarnos, contesté a su pregunta de “¿qué quieres ser de mayor?” con un decidido y tajante: “superviviente”.

Esta visión de las cosas puede mantenerte sumido en la soledad si no se encuentran espíritus afines, pero el firme propósito de no traicionar el propio impide abandonarse a la complacencia por el mero hecho de encajar, de convertirse en habitante de un cosmos desencantado y herido de muerte por la banalidad. No es ése el mundo que revelan otras luces. He decidido resistir la erosión del alma a la intemperie del sinsentido; quiero ser cómplice de lo intemporal.

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“Para concluir,  sólo añadiré que no me hago la ilusión de pensar que, como anarca, sea algo fuera de lo corriente. No siento nada que no sienta cualquier otro. Tal vez he analizado la situación con mayor agudeza y soy consciente de mi libertad que, “en el fondo”, todo hombre tiene, de una libertad que determina, en mayor o menor grado, sus acciones.” *

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* Eumeswil, de Ernst Jünger