La mirada del antropólogo

noviembre 22, 2008

Lo peculiar para mí, en cuanto anarca, es que vivo en un mundo que “en el fondo de mi corazón” no tomo en serio”.*

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Que este mundo nuestro está lleno de costumbres absurdas y lógicas defectuosas es algo que difícilmente se le escapa a nadie. La gente es capaz de gran autoengaño, pero para ciertas evidencias las pruebas son continuas y pertinaces. La cuestión radica más bien en cómo se enfrenta uno con esta sospecha que con la edad se convierte en certeza.

Hay gente -me atrevería a decir que la mayoría-, que decide poner todos sus esfuerzos en ser alguien “normal”. La idea de diferencia, de discrepancia, les espanta. Piensan que el planteamiento de ciertos peros -o incluso de uno sólo-, les llevará a la infelicidad, hará que todo el edificio se tambalee y por eso deciden, desde los moldes que han sido diseñados para ellos, conformarse en realidad con una infelicidad fabricada en serie para todos y que sólo se hará llevadera si no piensas demasiado en ella. En todo caso -barruntan-, no había opción: “las cosas son así” suele ser el lema, o bien “hay que ser realista”.

Para mí esta falsedad siempre resultó imposible. No se me da bien engañarme y aún menos en cuestiones fundamentales. A duras penas puedo aguantar, por ejemplo un trabajo, si su banalidad no me permite vivenciarlo como desde fuera, como observador a la vez que partícipe, distanciamiento que mantiene a buen recaudo un núcleo fundamental que los absurdos acontecimientos que a veces nos rodean no pueden tocar. En ese lugar hay una calma pasmosa. Y allí se alza la atalaya desde la que observar las cosas con la mirada de un antropólogo, alguien que registra las costumbres de una cultura que le resulta exótica, en la que sólo se integrará hasta cierto punto y de la que, en el fondo, se siente desvinculado.

Recuerdo que uno de mis juegos de la niñez era imaginar costumbres ridículas y que éstas estaban tan arraigadas que para todo el mundo resultaban esenciales. Después de tales juegos ya no se ven las costumbres reales con los mismos ojos. Tal vez por eso, un día que paseaba de la mano de mi madre y un conocido del barrio se acercó a hablarnos, contesté a su pregunta de “¿qué quieres ser de mayor?” con un decidido y tajante: “superviviente”.

Esta visión de las cosas puede mantenerte sumido en la soledad si no se encuentran espíritus afines, pero el firme propósito de no traicionar el propio impide abandonarse a la complacencia por el mero hecho de encajar, de convertirse en habitante de un cosmos desencantado y herido de muerte por la banalidad. No es ése el mundo que revelan otras luces. He decidido resistir la erosión del alma a la intemperie del sinsentido; quiero ser cómplice de lo intemporal.

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“Para concluir,  sólo añadiré que no me hago la ilusión de pensar que, como anarca, sea algo fuera de lo corriente. No siento nada que no sienta cualquier otro. Tal vez he analizado la situación con mayor agudeza y soy consciente de mi libertad que, “en el fondo”, todo hombre tiene, de una libertad que determina, en mayor o menor grado, sus acciones.” *

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* Eumeswil, de Ernst Jünger

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Una respuesta to “La mirada del antropólogo”

  1. san Says:

    y la noche nos devuelve nuestra mentira sin piedad.
    nos aplasta el universo, por eso cerramos los ojos.
    tierra firme???? una de nuestras “costumbres absurdas y lógicas defectuosa”
    y resulta gracioso una tortuga que nadaba por siempre cargando con 4 elefantes y nosotros encima, por lo menos es más romántico que un ovoide.
    increible nos escondemos en la vida cotidiana para ver que no entendemos nada


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