Canción

junio 14, 2009

Hombres salvajes
no crucéis puentes de plata,
quedaos junto a mí.
Desiertos de gente mediocre
os afixian,
no crucéis puentes de plata.

Cuentan que cavaba hondo y sacaba agua,
tal vez las dunas sean como las olas del mar.
Hombres libres
navegad este mar de mediocridad,
que os guíen las estrellas
pero no crucéis puentes de plata.

El rito

junio 3, 2009

“Conocer los mitos es aprender el secreto del origen de las cosas. En otros términos: se aprende no sólo cómo las cosas han llegado a la existencia, sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas reaparecer cuando desaparecen.”

Mircea Eliade

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Primero, inmóvil, no pronunció nada. Luego fue exhalando las palabras, ni lenta ni rápidamente, sino en una alternancia con el silencio que generó una tensión, un compás que primero resonó cerca de su boca para después elevarse, como pájaros que al alzar el vuelo en todas direcciones hacen que éstas sean reveladas. Los ecos y vibraciones, el ir y venir del sonido, definieron el lugar en que se hallaba: una caverna pequeña y oscura con una abertura por la que pronto se dispuso a salir.

En el exterior una niebla muy espesa lo cubría todo. Percibiendo sólo por el tacto la roca que pisaba, caminó un largo trecho hasta que sus pies tocaron la arena. Tampoco allí distinguió nada, pero supo que había alcanzado la costa que buscaba aunque no pudiera ver ni escuchar el mar: –el mar está ahí; ¿qué hay sino el mar?-, era su convencimiento profundo fruto de la más poderosa intuición.

Sobre la arena detuvo su canto e inició la danza que había aprendido observando a las serpientes con devota atención. Con sus pasos comenzó a hollar el suelo y conforme sus movimientos marcaban los meandros de un intrincado laberinto, la niebla se disipó en jirones que terminaron por desvanecerse. Fue así como pudo contemplar el negro cielo, el negro horizonte y las negras aguas; todo fundido en una calma expectante, como la de un espejo que aguarda albergar el reflejo en una abandonada habitación a oscuras.  Entonces alzó la mirada hacia el abismo y al ver las estrellas que lo coronan supo que el mundo también le observaba. Llegado así el momento imploró:

¡Apolo!: Pitón aguarda tu flecha.

Rizos de blanca espuma comenzaron a agitarse en la orilla. En un ir y venir acariciaron sus pies, como ecos y vibraciones, ni lenta ni rápidamente; conformando en agua y arena la imagen del viento que trae de vuelta los navíos de los dioses.