Del castigo al rito

octubre 28, 2010

“La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible:

a veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraíso ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes,

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidas de un naufragio de sangre.”

Lorca, Poeta en Nueva York

.

Cuenta un mito de los griegos como las cincuenta hijas de Dánao, rey de Argos, conocidas como las Danaides, habían sido prometidas a los cincuenta hijos de Egipto, hermano de su padre, a quienes temían y no quisieron quedar unidas en matrimonio. Dánao entregó a cada una de ellas un cuchillo y, llegada la noche de bodas, cuarenta y nueve de las muchachas cortaron las cabezas de sus maridos y las arrojaron al lago Lerna. Tan sólo Hipermestra, enamorada de Lirceo, le perdonó la vida, y éste se convertiría más tarde en rey de Argos tras la muerte de Dánao. Se cuenta que en el Hades las hermanas que cometieron el asesinato fueron condenadas a transportar eternamente agua en jarros rotos  o bien a verterla en una jarra sin fondo: “sus figuras –explica Karl Kerényi-, han entrado en el Reino del Hades en las obras de los pintores del Más Allá como ejemplo de lo eternamente interminable, de aquellos que nunca alcanzan el télos, el cumplimiento, ya se trate de la consumación del matrimonio o de la iniciación (…) Las “jarras de las Danaides”, que nunca se llenan, se hicieron proverbiales”. (1)

Otro interminable penitente del Hades era Ocnos el soguero, que en algunas representaciones artísticas se muestra junto a las Danaides. El anciano Ocnos trenzaba sin descanso una cuerda mientras una burra, apostada a su espalda, devoraba la soga desde el otro extremo. En ambos casos el trabajo incesante y vacuo forma parte de los castigos del Hades, pero en un ensayo en que J.J. Bachofen (1815-1887) busca el sentido original de la figura de Ocnos, el antropólogo de Basilea cita este interesante fragmento:

“Su originario significado natural se deduce de una costumbre ritual de las tierras del Nilo. Diodoro la describe con estas palabras: “Muchas cosas que pertenecen a nuestra mitología se conservan hasta nuestros días en las costumbres egipcias, y no sólo los nombres sino verdaderas prácticas. Así, en la ciudad de Acantho, al otro lado del Nilo en dirección a Libia, a 120 estadios de Menfis, existía un tonel perforado al que diariamente 360 sacerdotes transportaban agua del Nilo. No lejos de allí podía verse realizada la fábula de Ocnos en una sociedad en la que un hombre trenzaba una larga soga, mientras que otros destrenzaban sus extremos sin interrupción”. Esta cita adquiere una profunda relevancia en la medida en que pertenece a una amplia exposición sobre las conexiones existentes entre las religiones griega y egipcia, y que parte de la constatación de que ciertas cosas que Grecia sólo conocía como mitos, se conservaban aún en Egipto como costumbres culturales, y formaban parte, además, de las prácticas religiosas.” (2)

El análisis de Bachofen en busca del “originario significado”, le lleva a ver en Ocnos al principio creador y en el animal al principio destructor. La actividad que llevan a cabo queda asociada al simbolismo del hilar, trenzar y tejer, la eterna labor de la naturaleza y combinación de las dos hebras o potencias implicadas en todo acto generador.

Pero más allá de la interpretación de Bachofen, lo llamativo es el hecho en sí de la existencia de tales prácticas como parte de un ritual, de cómo unos gestos que en una lectura superficial parecen remitirnos sólo a terribles castigos, conservan al mismo tiempo un profundo significado simbólico.

Rito es emulación del orden mismo del cosmos. Cada gesto ritual se caracteriza por estar lleno de sentido, por repetir el acto de un dios o un héroe fundador, y el tiempo litúrgico en que se lleva a cabo ya no pertenece al discurrir mundano –como explica siempre Eliade-, sino que proyecta a los oficiantes al origen fuera del tiempo en que el acto fue realizado por vez primera. Y así es cada vez.

Existe pues algo literalmente “infernal” en despojar de su sentido a los actos, al mundo y a la vida -y con ella a la muerte-, que puede llegar a hacernos ver en la representación de un modelo sagrado, en el acontecer mismo de un misterio, el peor de los castigos.  En la forma sin sentido se opera el ocultamiento del espíritu, y sin lo eterno habitando detrás de cada gesto se perpetra la degeneración absoluta: el paso del rito al castigo. Así, en lugar de abandonar el tiempo, el acto queda atrapado en él, en lo “eternamente interminable”, y aquello que es perecedero parece que sólo nos muestra ya el rostro sombrío de la muerte.

Pero todo lo efímero nos habla al mismo tiempo de la eternidad, pues deja al descubierto, en el momento de su desvanecer, ese fondo sobre el que estuvo una vez dibujado. Como el silencio que se revela al quedar enmarcado entre latido y latido.

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“Voces, voces. Escucha corazón mío, como antaño sólo

escuchaban los santos: que la enorme llamada

los levantaba del suelo; ellos, no obstante, seguían,

impasibles, de rodillas y no se daban cuenta:

Así estaban escuchando. No es que tú pudieras soportar la voz

de Dios, ni mucho menos. Pero escucha lo que sopla,

la ininterrumpida noticia que se forma con el silencio.”

Rilke, Elegías de Duino.

 

Las Danaides, John William Waterhouse

(1) Kerényi Karl, Los héroes griegos, Girona, Ediciones Atalanta, 1ª ed., 2009.

(2) Bachofen, Johann Jakob, Mitología arcaica y derecho materno, Barcelona, Anthropos,1ª ed., 1988.

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Instante

octubre 7, 2010

Si las horas se desgranan de tu copa, árbol de otoño,
veo la rama en que la flecha está labrada
y un paso es cada estrella en el velo de la noche
guardado por el filo de la luna.
Donde acaba la senda espiral,
un jardín sin horizonte en que todo se extiende ante los ojos.
Y ya nada real o verdadero puede ser llamado
que no sea un rasgo de Tu rostro.

El gran sueño

octubre 1, 2010

“Si la pupila se llama kóre, de esto se deduce que el ojo por excelencia es el de Hades: en el suyo, en efecto, mientras la raptaba, Core se vio reflejada a sí misma.”

Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía

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“¿Cómo puedo yo saber

que amar la vida no es una trampa?,

¿qué odiar la muerte no es extraviarse,

como un niño se pierde al regresar a casa?

Li era la hija de Ai, un guardia fronterizo.

Cuando el rey del país de Jin se apoderó de ella,

las lágrimas mojaron su vestido.

Pero una vez que llegó al palacio,

y compartió con el rey el mismo lecho,

y se alimentó de exquisita carne,

se arrepintió entonces de sus lágrimas.

¿Cómo puedo yo saber

si los muertos se arrepienten

de desear antes la vida?

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Quien sueña con un banquete

se despierta con lágrimas.

Pero quien sueña con lágrimas

se despierta con cacerías en la aurora.

Quien sueña,

ignora que sueña.

Quien dentro de un sueño

sueña que sueña,

al despertar sabe que todo era un sueño.

Sólo en el Gran Despertar

se revela el Gran Sueño.

Los estúpidos creen que están despiertos,

y que saben ellos mismos quiénes son:

príncipes o pastores. ¡Qué obtusos!

Confucio y tú no sois más que un sueño

y yo que lo digo soy un sueño también.

Todo esto tiene por nombre: el misterio.

Dentro de muchos siglos

un Santo revelará todo en el espacio de un día.”

Zhuang  Zi

Los capítulos interiores de Zhuang Zi, Madrid, Editorial Trotta, 2ª ed., 2005. Traducción de Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer.