La Palabra

marzo 21, 2011

“Él se oculta misteriosamente en las razones interiores de los seres creados…, presente en cada uno de ellos totalmente y con toda Su plenitud… En todo lo diverso está oculto Aquel que es Uno y eternamente idéntico.”

Máximo el Confesor

“En la intuición intelectual coincide ser uno en lo cual es todo y ser todo en lo cual es uno (…) Aquello uno mismo, aunque permanezca inalcanzable, es eso uno mismo que es alcanzado en todos los que pueden alcanzarse.”

Nicolás de Cusa

El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal es la imagen del Árbol de la Vida sobre un espejo fragmentado. En el reflejo su imagen se multiplicó y Adán, confundido, creyó a cada brote nacido de una semilla diferente. Todo pareció distinto desde entonces. Si hubiera sabido achacar la alteridad a su pensamiento habría comprendido qué responder a la Serpiente:

-No me pides más que tome lo que ya habita mi propio corazón, pues no es otra la esencia del fruto de este Árbol; yo guardo la Luz increada entre sus ramas y él la guarda en mi pecho.

Pero los hijos de Adán crecieron como extraños a sí mismos y a todo, y no supieron ver en los seres del mundo los signos de Dios. Adán al menos supo, mientras daba nombre a las criaturas en el Paraíso, que en ellas deletreaba el Nombre divino, aunque no llegó a leerlo nunca. Para sus hijos quedó la tarea de recomponer lo que está escrito en todo lo creado: la Palabra en la que Dios dice todas las cosas, en la que todas las cosas viven y donde son la Vida misma.

Higuera de la casa del frutteto, Pompeya