Tercera parte y última. Las ideas y la gente: el problema de los huevos y las gallinas.
Cuando el nieto de Erasmus, Charles Robert Darwin, recibió para su revisión un artículo de Alfred Russell Wallace “On the tendency of varieties to depart indefinitely from the original type” lo calificó como el mejor resumen imaginable de las ideas en las que había estado trabajando durante los últimos veinte años. Juntos, Wallace y Darwin publicaron un artículo titulado “Sobre la tendencia de las especies a crear variedades; y sobre la perpetuación de las variedades y de las especies por medio de la selección natural”. Darwin recogió esa teoría en el libro “El Origen de las Especies” que agotó sus seis primeras ediciones en el primer día de venta.
El mito de los recursos limitados, que sustenta el mismo capitalismo estaba en pleno apogeo, los libros que generalizaban la lucha por la vida en un mundo de escasez como motor de la sociedad y la naturaleza misma salían literalmente a pares.
Ambos se inspiraron en la obra del economista Thomas Robert Malthus que defendió la idea de que la miseria era necesaria para evitar una catástrofe poblacional, llegando a proponer el hambre, la guerra y la enfermedad como mecanismos que evitan la degradación y la destrucción de la humanidad.
Esta promoción de la injusticia social como necesidad contra un mal mayor ha causado más daño que las bombas atómicas, pues da sustento ideológico a un sistema social irracionalmente cruento. Tanto sus bases lógicas como las presuntas pruebas en las que se basan estas ideas se han probado desde su origen hasta hoy falaces, en un debate que empezó mucho antes y continúa mucho después de la obra de estos autores. Como ejemplo basta ver las pretensiones de la sociobiología, que se podrían enmarcar dentro de la estructura de ideas sobre el fin de la historia que tratan de dar justificación mítica al actual sistema de poder.

Este fenómeno de descubrimientos simultáneos no sólo ocurre en ciencias tan teñidas de perjuicios sociopolíticos como la biología o la economía. Es algo común en la historia de la ciencia y de las ideas en general. Puede resultar llamativo, pues se tiende a glorificar autores y obras concretas como revolucionaria novedad. Pero es evidente que cualquier obra por muy original que sea, es expresión de unas inquietudes comunes, comunicables, inteligibles para un grupo social concreto.

Parece que esas ideas estaban maduras, que eran conclusiones fáciles de tomar. Tal vez estaban avocadas al éxito por su adecuación al pensamiento de la época o tal vez nunca hubieran triunfado sin ser defendidas por pensadores tan tenaces, inteligentes, influyentes y/o carismáticos. Quién sabe.

Se dice que estos genios hicieron historia, pero es evidente que la historia también les hizo a ellos. La dependencia entre las ideas y el individuo es mutua. Es en éste donde se expresan y elaboran. Somos el motor de su creatividad y es ahí donde entra el peso de nuestra decisión, nuestra responsabilidad en el devenir de la humanidad.

El espíritu de una época impregna tanto los paradigmas de los que parten las teorías como las cuestiones que nos inquietan, pero los individuos que dan vida a estas cuestiones y teorías no son meros instrumentos. Tienen voluntad. El sistema impone las cosas más atroces administrando la culpa y diluyéndola en una cadena de irresponsables. Los proclamados sabios no están exentos de esa inercia. Ni de culpa.

Desde que una ocurrencia es imaginada hasta que es hecha objeto o institución, pasa de ser imaginable a ser posible, de ser posible a ser factible, y de ser factible a realizarse. Cada uno de estos procesos aumenta la responsabilidad del individuo que los lleva a cabo, pero el hecho de que la responsabilidad en los últimos pasos sea mayor, no exime a quien lo imaginó, ni a quien teorizó sobre su aplicación.
Quien ordenó lanzar bombas atómicas sobre ciudades tiene más responsabilidad que quien patentó la bomba atómica. Y éste más que quien imaginó la fusión. Pero ambos, en la medida en que era predecible para ellos una futura aplicación de sus aportaciones, son responsables de las consecuencias de su invento.

Como individuos morales estamos capacitados para tratar las ideas con propiedad: no conformarnos escudándonos en lo cierto de una teoría sin estudiar las ideas críticas a ella; entender las consecuencias posibles de un invento y anteponer la moral a la lógica si es necesario. Todo en pro de un mundo que nos pertenece y que podemos cambiar cada uno en la medida de nuestras posibilidades, voluntad y suerte.

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Un Mundo Mayor

noviembre 7, 2007

Los dáimones han sido en gran parte olvidados, relegados a la esfera de lo irreal, de lo fantástico. Los hombres miran a otro lado, inconscientes de su existencia, ajenos a su propia naturaleza daimónica. En otros tiempos se convivía, se les escuchaba, se les temía. Los encuentros con ellos estaban cargados de significado. Podían darte suerte, fuerza, transformarte o destruirte. Ahora se viven como alucinaciones, como signo de enfermedad, de locura. No por ello dejan de existir. Los hombres sirven a dáimones que no conocen, que no eligen. Sin su ayuda, a menudo las vidas quedan vacías, sin sentido. En la naturaleza está que todo daimon necesita de las personas, como toda persona necesita de los dáimones, el encuentro sigue ocurriendo.

Pero, ¿qué son los dáimones? Con el tiempo se les relegó a meros demonios, pero dáimones son todos esos seres misteriosos que pueblan los lugares y se aparecen a la gente. Desde las musas a los extraterrestres, tienen en común el interés por las personas, como nosotros tenemos en común el interés por ellos. Al clasificar el mundo entre fantástico o imaginado y material o tangible, se les ha alejado de nosotros. El racionalismo les ha intentado dejar al margen, su experiencia nos es extraña y ya no se nos enseña a verlos, y menos a entenderlos. Los dáimones son a veces etéreos, a veces corpóreos, vienen del mundo imaginal, la realidad intermedia, el mundo del alma que la modernidad nos ha arrebatado.
Pero a pesar de eso están tan vivos como siempre, igual de activos. Se acercan a nosotros igual de curiosos, igual de hambrientos. Negar su existencia no les hace desaparecer, sólo dificulta la convivencia.

Quien aprende a invocarlos o sencillamente no aprieta los ojos, o quien es más sensible a esas cosas porque siempre ha visto, es candidato a ser su invitado o su huésped. A viajar por sus mundos, a recibir su poder. Los que cierran todas las puertas no se libran de su influjo pues los dáimones se ocultan en muchos sitios, adoptan forma de ideas, de sueños, de deseos. Quienes se atrevan a conocerlos, tendrán la opción de conocer su daimon, de conocerse a sí mismo, de conocer el mundo.

John Collier. The Land Baby

“Es verdad sin mentira alguna, cierto y muy verdadero,
lo que está abajo es como lo que está arriba,
y lo que está arriba es como lo que está abajo
para que se cumpla el milagro de la unidad.

Todas las cosas vinieron y vienen del Uno,
a través de la meditación del Uno,
así han nacido de esta unidad por conjugación.”

Fragmento de la Tabla de Esmeralda atribuida a Hermes Trismegistro.

 

Nebulosa del Anillo en la constelación de Lyra

Nebulosa del Anillo en la constelación de Lyra.

 

Vista aérea del Parque Nacional de Yellowstone

Vista aérea del Parque Nacional de Yellowstone

 

Mineral de ágata

Geoda de mineral de ágata

Alucinación

julio 16, 2007

Alguien dijo que existe una palabra (paranoico) para el que se cree perseguido sin estarlo, pero no la hay para el perseguidor que no es consciente de lo que está haciendo.

Escribo aquí una definición moderna de alucinación: imágenes mentales que, procediendo de fuentes internas de información, son evaluadas como procedentes de fuentes externas de información; habitualmente se producen como una intrusión (no son controladas voluntariamente).

Habría que buscar una palabra para su contrario: imágenes mentales que, procediendo de fuentes externas de información, son evaluadas como procedentes de fuentes internas de información; y aunque no son controladas por el que las sufre, son percibidas como una opinión propia.

En las teorías sociales de la persuasión, para convencer, es más efectivo dejar que sean los propios receptores quienes extraigan sus conclusiones siempre y cuando el mensaje sea fácilmente comprensible. La teoría de la inoculación de McGuire, por ejemplo, propone que la preexposición de una persona a una forma debilitada de material que amenace sus actitudes, hará a esa persona más resistente ante tales amenazas. Como con las vacunas, el material inoculado no debe ser tan fuerte como para superar las defensas.

Estos desarrollos teóricos nos pueden servir como pista de cómo los medios de control de la opinión utilizan argumentos sesgados que implican conclusiones necesarias para que los receptores crean que han tomado decisiones propias en la formación de su opinión. Es de esperar que este control casi mágico del pensamiento sea fruto de estudio y práctica; sus efectos son patentes cuando vemos el comportamiento de la gente, siempre tan acorde con las necesidades del poder.

Segunda Parte. La Ciencia hace Ficción y la Ficción hace Ciencia.

Si la idea de la reacción en cadena se le ocurrió a Leó Szilárd bajo la inspiración una novela de ciencia ficción de H.G.Welles, lo que sir Frederick Soddysobre dictó en unas conferencias sobre la radiactividad en la Universidad de Glasgow inspiró a H.G.Welles en la creación de dicha novela.

Fueron unas conferencias que versaban sobre la radiactividad y en 1908 se publicaron bajo el título “La Interpretación del Radio”. Tanta fue su influencia sobre el pensamiento del novelista H.G. Welles que éste comienza su libro el mundo liberado con una dedicatoria a sir Frederick y su obra.

Muchas novelas de ficción recuerdan en sus comienzos las obras y reflexiones de científicos. Las hipótesis científicas suelen abrir un horizonte de expectativas tecnológicas y sociales que sirven de estímulo a la imaginación de los novelistas y como un nuevo fondo en el que plantearse las viejas cuestiones del drama humano. Un ejemplo arquetípico puede ser Frankenstein, de Mary W. Shelley, que empieza así:

“El hecho que fundamenta esta narración imaginaria ha sido considerado por el doctor Darwin y por otros escritores científicos alemanes como perteneciente, hasta cierto punto, al campo de lo posible.”

Ese doctor es Erasmus Darwin, el abuelo del famoso autor del “Origen de las Especies”. Cuando Frankenstein se gestaba en la mente de Mary Shelley, lo que estaba en boga en las discusiones entre científicos no era la radiactividad, sino la electricidad y su papel en los sistemas vivos. Al propio compañero de Mary, el poeta Percy Bysshe Shelley le fascinaban, al igual que muchos intelectuales de la época los experimentos de Giovanni Aldini.

Catorce años antes de que Mary Shelley escribiera ese prólogo, Giovanni Aldini describía los efectos que producía la aplicación de ambos electrodos en el oído y la boca del cadáver de un ahorcado:

“La mandíbula empezó a temblar, los músculos contiguos se torcieron de un modo horrible y abrió el ojo izquierdo”.

Bajo la teoría del Galvanismo se llevaron a cabo experimentos sobre la animación de cadáveres. Casi se convirtió en rutina hacerles gesticular. Se hablaba de una hipotética “electricidad animal”, un fluido eléctrico cuyo control pudiera ser decisivo para la humanidad.

Pero, a diferencia de la reacción en cadena, las consecuencias que planteaba el galvanismo, su horizonte de futuro, Frankenstein, no se hizo realidad. Ahora, la genética, como antes el galvanismo, está estimulando cuestiones sobre el futuro de la humanidad. Su aplicación actual viene siendo muy limitada comparada con la potencialidad que se le atribuye. El tiempo hablará hasta qué punto el futuro estará regido por las consecuencias de dicha tecnología.

Incluso el progreso de Internet, que suele superar la imaginación de los novelistas que imaginan el futuro para ambientar sus obras, tiene sus anticipaciones. En 1909, E.M. Foster, en La Máquina Se Detiene” (The Machine Stops) presenta una sociedad donde la gente vive físicamente aislada en compartimentos estandarizados. Apartados de la experiencia propia, discuten sin final ideas prefabricadas, comunicándose a través de una máquina global de la que dependen física y espiritualmente.

Estos trazos de historia de la ciencia y la literatura nos servirán para reflexionar sobre el origen y la responsabilidad de las creaciones culturales en general y las técnicas en particular. ¿Era inevitable la invención de la Bomba Atómica? ¿Hasta qué punto era Léo o Einstein responsables? ¿Hasta qué punto es el individuo el artífice de historia a través de su poder de decisión?

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Una historia sobre un enfado, una novela de ciencia ficción, y la invención de la bomba atómica.

Primera parte. El peatón enfadado.

Era el 12 de septiembre de 1933 cuando el físico húngaro Leó Szilárd esperaba enfadado el semáforo para cruzar la Avenida de Southampton, en el centro de Londres. La fuente del enfado estaba en un artículo en el que Ernest Rutherford tachaba la obtención de energía nuclear como algo no plausible.

Le vino a la cabeza un relato de ficción titulado “Bombas Atómicas” publicado dentro de la novela de H.G. Wells “El Mundo Liberado“. Y fue esa secuencia de emociones y pensamientos la que encendió en su mente la idea de cómo obtener una reacción nuclear en cadena. Un año después pidió la patente para cederla al almirantazgo británico en 1936.

Desde luego que Léo era un hombre especial. Bueno y cariñoso hasta resultar extravagante, predijo la primera guerra mundial y los acontecimientos de la segunda con años de antelación. Vivía en hoteles con la maleta siempre preparada y a mano. Había llegado a Londres escapando de los nazis.

En 1939, escribió el borrador de la carta que, con la firma de Albert Einstein, urgía al presidente de los EEUU, Franklin D. Roosevelt a que tomara acciones como:

“Acelerar el trabajo experimental, que en estos momentos se efectúa con los presupuestos limitados de los laboratorios de las universidades, con el suministro de fondos, si fueran necesarios, con contactos con personas privadas que estuvieran dispuestas a hacer contribuciones para esta causa, y tal vez obteniendo la cooperación de laboratorios industriales que tuvieran el equipo necesario.”

Lo propuesto en este párrafo se llevaría a la práctica más tarde en el Proyecto Manhattan, que daría como resultado tangible la bomba atómica, y como resultado político y cultural el complejo militar-industrial-académico y la consiguiente militarización de la vida política internacional incluso en tiempos de paz.

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