Cuando Thiess fue juzgado por licantropía en Jürgensburg en 1691 ya había cumplido los ochenta y seis años. Por supuesto no negó parte de las acusaciones; no sólo él, sino también sus compañeros se transformaban en lobos para viajar hasta el fin del mar, hasta el inframundo, lugar donde el diablo y los magos descendían para llevar las mercancías que robaban a las pobres gentes. Recuperaban así las cosechas y el ganado evitando que se arruinara la tierra. Por ello lo que jamás estaría dispuesto a confesar, lo que nunca pronunciaría su garganta ante los jueces sería el hecho de que su don se debiera a un pacto con el demonio. ¡Jamás le arrancarían semejante confesión! Él era uno de los “perros de Dios” y mantuvo y mantendría durante toda su vida los campos y los bosques limpios de esos magos y esas brujas que gustaban de torturar a sus víctimas con toda clase de maleficios.

Muchas habían sido las batallas en las que Thiess había participado y muchas las cicatrices recibidas: tenía la nariz rota del golpe de escoba que le propinó el infame Skeistan, un mago del que dio buena cuenta algo después. También lucía con orgullo las cicatrices de quemaduras fruto de sus encontronazos con diablos. Sin embargo, de pocas cosas estaba Thiess tan orgulloso como del día en que cazó y despedazó a tres strigoi, tres brujas especialmente poderosas que habían estado mortificando a las buenas gentes de Sighisoara, ciudad de Transilvania desde la que reclamaron su ayuda algunos de sus hermanos licántropos. Los lobos las habían estado buscando día y noche sin descanso y aunque no fue del todo infructuosa la búsqueda (si no a las strigoi al menos sí dieron caza a unos bandidos y a un par de vampiros), a menudo perdían el rastro de aquellas malditas en diferentes puntos del bosque como si se hubieran desvanecido en la nada.

Fue entonces cuando Thiess comprendió que necesitarían la ayuda de aquellos que mejor conocían el lugar y convocaron e interrogaron a todo tipo de animales, pero sólo obtuvieron respuestas confusas y aun contradictorias. Sin embargo sí contestaron con precisión a una de sus preguntas, pues dicho conocimiento se transmitía de generación en generación entre todo tipo de bestias: cuál era el árbol más viejo que todavía vivía en en el bosque.

A petición suya, los cuervos le llevaron ante el respetable anciano, casi milenario, cuya imponente copa, la envergadura de su tronco y los prodigiosos dibujos de sus nudos eran para él tan dignos de veneración como la más hermosa de las catedrales. Una vez allí les dejaron a solas y Thiess conversó largamente con el roble. Su conciencia, tal como el mismo le explicó, abarcaba todo el bosque a través de las raíces enmarañadas de todas las plantas que conformaban el tapiz de su espíritu y poco o nada escapaba a su conocimiento. Este era el caso de las indignas strigoi y así, mientras meditaba bajo sus ramas, el árbol le indicó dónde se encontraba el cubil secreto de las brujas, las cuales solían ocuparlo durante el día para reposar su malignidad lejos de la luz del sol.

Una vez conoció su secreto decidió no aguardar ni un minuto más, por lo que transformado en terrible lobo, a la carrera, llegó hasta la recóndita guarida y las destripó sin piedad sorprendiéndolas mientras dormían. Marchó después satisfecho a contar lo ocurrido a sus compañeros y todos festejaron y compusieron canciones sobre aquella gesta durante el banquete que se organizó en cuanto salió la luna no muy lejos del portal que llevaba hasta el fuerte de las hadas.

Pero lo que Thiess no sabía ni supo en lo que duró su larga vida, fue que había cometido un terrible error. Las strigoi eran brujas poderosas y su fama de vampiros no se debía sólo a que si sus cuerpos no eran destrozados tras su muerte podían vagar como no muertos, sino que también eran experimentadas exploradoras del reino de los sueños. Disfrazadas de pesadillas obtenían gran poder del terror que provocaban en sus víctimas y en ocasiones llegaban a enfermarlas o matarlas. Cuando sus cuerpos fueron destrozados, sus espíritus se refugiaron en los sueños que estaban tejiendo y juraron que hallarían el modo de volver a pisar este mundo y vengar la ofrenta recibida sobre toda la estirpe de Thiess y todo aquel que osara interponerse en su dominio sobre aquellos bosques.

Más de trescientos años después, bañado en sudor frío despertó en el refugio de los lobos el joven Thiess Dobre, aquel a quien los garou tras un augurio llamaron “El Mensajero del Grande”. Inquieto fue a hablar con sus compañeros y sin saber aún a qué se refería exactamente les dijo:

– Han vuelto.

En ese momento comenzó a nevar de nuevo y algo en su interior les dijo que ese invierno sería muy muy largo.

Relato de ficción inspirado en los datos sobre el licántropo lituano Thiess y su juicio citados por Mircea Eliade en su ensayo “Algunas observaciones sobre la brujería europea”

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Transcribo aquí una de las mejores “aclaraciones” sobre la naturaleza del fuego secreto de los filósofos que he encontrado. Proviene de un manuscrito de siglo XVI que se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Dice así:

“Yo, Jean Pontanus, he visitado múltiples regiones y reinos, -a fin de conocer verdaderamente qué es la Piedra de los Filósofos-, y después de haber recorrido los confines del mundo, sólo he encontrado falsos Filósofos y farsantes. Sin embargo, por un continuo estudio de los libros de los Sabios, aumentándose mis dudas, he hallado la verdad; pero aún conociendo la materia he errado doscientas veces antes de poder encontrar la operación práctica de esta verdadera materia.
Primero, empecé mis operaciones por las putrefacciones del Cuerpo de esta materia durante nueve meses y no encontré nada. Durante algún tiempo la puse al baño maría y del mismo modo erré. La mantuve y puse en un fuego de calcinación durante tres meses, y operé mal.

Intenté y probé todos los géneros y modos de destilaciones y sublimaciones, según lo que los Filósofos dicen o parecen decir, por ejemplo Geber, Arquelaos y casi todos los demás y tampoco encontré nada.

Por último, intenté alcanzar y perfeccionar el objeto de todo el Arte de Alquimia, de todas las maneras imaginables: por el estiércol, el baño, las cenizas y por otros mil géneros de fuego que los Filósofos mencionan en sus libros; pero no descubrí nada válido.

Por lo cual, durante tres años seguidos estudié los libros de los Filósofos, sobre todo el único Hermes, cuyas breves palabras comprenden todo el magisterio de la Piedra, aunque hable de un modo muy obscuro de las cosas superiores e inferiores, del Cielo y de la Tierra.

Por lo tanto, toda nuestra aplicación y nuestros cuidados sólo deben estar dirigidos hacia el conocimiento de la verdadera práctica, en la primera, segunda y tercera Obra.

No se trata del fuego de baño, de estiércol, de cenizas ni ninguno de los otros fuegos que nos evocan y describen los filósofos en sus libros.

Entonces, ¿cuál es aquél fuego que perfecciona y acaba la Obra entera desde el principio hasta el final? Ciertamente, todos los Filósofos lo han ocultado; pero yo, conmovido por un impulso de misericordia, quiero declararlo junto con la completa realización de toda la Obra.

La Piedra de los Filósofos es única y es una, pero oculta y envuelta en la multiplicidad de distintos nombres, y antes de que puedas conocerla pasarás muchas fatigas; difícilmente la encontrarás por tu propio ingenio. Es acuosa, aérea, ígnea, terrestre, flemática, colérica, sanguínea y melancólica. Es un azufre y también Plata viva (mercurio).

Tiene varias superfluidades que, te lo aseguro por el dios viviente, se convierten por medio de nuestro fuego en verdadera y única Esencia. Y quien -creyéndolo necesario- separe alguna cosa del objeto, seguro que de Filosofía nada sabe. Ya que lo superfluo, lo sucio, lo inmundo, lo vil, lo fangoso y, por lo general, toda la substancia del objeto, se perfecciona por medio de nuestro fuego en un cuerpo espiritual fijo. Esto, los Sabios nunca lo han revelado y, como consecuencia, pocas personas llegan a este Arte, pues imaginan que algo sucio y vil debe ser separado.

Ahora debemos manifestar y extraer las propiedades de nuestro fuego; si éste conviene a nuestra materia tal como lo he dicho, es decir, si es transmutado junto con la materia, entonces dicho fuego no quema la materia, nada separa de ella, no divide ni aparta las partes puras de las impuras, tal como dicen todos los Filósofos, sino que convierte todo el objeto en pureza. No sublima a la manera de Geber, Arnaldo y todos los demás que han hablado de sublimaciones y destilaciones. En poco tiempo se realiza y perfecciona.

Este fuego es mineral, invariable y continuo, no se evapora si no es excitado en exceso; participa del azufre, se toma y proviene, no de la materia, sino de otro lugar. Todo lo rompe, disuelve y congela, igualmente congela y calcina; es difícil de encontrar por la industria y por el Arte. Dicho fuego es compendio y resumen de toda la Obra, sin tomar ninguna otra cosa o por lo menos poco, este mismo fuego se introduce y es de débil ignición; porque con este pequeño fuego se realiza toda la Obra y juntas se hacen todas las requeridas y debidas sublimaciones.

Los que lean a Geber y todos los demás Filósofos, aunque vivieran cien millones de años, no podrían comprenderlo, pues este fuego sólo se puede descubrir por la única y profunda meditación del pensamiento; después será posible comprenderlo en los libros, y no de otra manera. Por lo tanto, el error en este Arte es no encontrar este fuego, que convierte la materia en la Piedra de los Filósofos.

Concéntrate, pues, en este fuego, porque si yo lo hubiese encontrado en primer lugar no hubiese errado doscientas veces sobre la propia materia. A causa de ello, ya no me sorprende que tantas personas no consigan llegar a la realización de la Obra. Yerran, erraron y errarán siempre, en cuanto a que los Filósofos sólo han puesto su propio agente en una sola cosa, que Artefius ha nombrado, pero hablando sólo para sí mismo. Si no fuese porque he leído a Artefius, lo he oído y comprendido, nunca hubiese llegado a la realización de la Obra.

He aquí cuál es dicha práctica: se debe tomar la materia con gran diligencia, triturarla físicamente y colocarla en el fuego, es decir, en el horno; pero también hay que conocer el grado y la proporción del fuego. A saber, es preciso que el fuego externo tan sólo excite la materia ; en poco tiempo este fuego, sin manipularlo para nada, ciertamente realizará toda la Obra. Ya que putrifica, corrompe, engendra y perfecciona la obra entera, haciendo aparecer los tres principales colores: el negro, el blanco y el rojo. Y mediante nuestro fuego la medicina se multiplicará, si está conjunta con la materia cruda, no sólo en cantidad sino también en virtud.

Busca, pues, este fuego con todas las fuerzas de tu espíritu y llegarás a la meta que te has propuesto; pues él es quien hace toda la Obra y es la llave de todos los Filósofos, y en sus libros nunca la han revelado. Si piensas muy profundamente en las propiedades de este fuego antes descrito, lo conocerás, pero de otro modo, no.

Así pues, conmovido por un impulso de misericordia he escrito esto, pero para quedar satisfecho debo decir que el fuego no está en absoluto transmutado con la materia como dije antes. He querido decirlo y advertir a los prudentes de estas cosas, para que no gasten inútilmente su dinero y sepan de antemano lo que deben buscar, por este medio llegarán a la verdad del Arte; de otra manera, no. A Dios.”

Alegor�a de la Alquimia en Notre-Dame

 

Segunda Parte. La Ciencia hace Ficción y la Ficción hace Ciencia.

Si la idea de la reacción en cadena se le ocurrió a Leó Szilárd bajo la inspiración una novela de ciencia ficción de H.G.Welles, lo que sir Frederick Soddysobre dictó en unas conferencias sobre la radiactividad en la Universidad de Glasgow inspiró a H.G.Welles en la creación de dicha novela.

Fueron unas conferencias que versaban sobre la radiactividad y en 1908 se publicaron bajo el título “La Interpretación del Radio”. Tanta fue su influencia sobre el pensamiento del novelista H.G. Welles que éste comienza su libro el mundo liberado con una dedicatoria a sir Frederick y su obra.

Muchas novelas de ficción recuerdan en sus comienzos las obras y reflexiones de científicos. Las hipótesis científicas suelen abrir un horizonte de expectativas tecnológicas y sociales que sirven de estímulo a la imaginación de los novelistas y como un nuevo fondo en el que plantearse las viejas cuestiones del drama humano. Un ejemplo arquetípico puede ser Frankenstein, de Mary W. Shelley, que empieza así:

“El hecho que fundamenta esta narración imaginaria ha sido considerado por el doctor Darwin y por otros escritores científicos alemanes como perteneciente, hasta cierto punto, al campo de lo posible.”

Ese doctor es Erasmus Darwin, el abuelo del famoso autor del “Origen de las Especies”. Cuando Frankenstein se gestaba en la mente de Mary Shelley, lo que estaba en boga en las discusiones entre científicos no era la radiactividad, sino la electricidad y su papel en los sistemas vivos. Al propio compañero de Mary, el poeta Percy Bysshe Shelley le fascinaban, al igual que muchos intelectuales de la época los experimentos de Giovanni Aldini.

Catorce años antes de que Mary Shelley escribiera ese prólogo, Giovanni Aldini describía los efectos que producía la aplicación de ambos electrodos en el oído y la boca del cadáver de un ahorcado:

“La mandíbula empezó a temblar, los músculos contiguos se torcieron de un modo horrible y abrió el ojo izquierdo”.

Bajo la teoría del Galvanismo se llevaron a cabo experimentos sobre la animación de cadáveres. Casi se convirtió en rutina hacerles gesticular. Se hablaba de una hipotética “electricidad animal”, un fluido eléctrico cuyo control pudiera ser decisivo para la humanidad.

Pero, a diferencia de la reacción en cadena, las consecuencias que planteaba el galvanismo, su horizonte de futuro, Frankenstein, no se hizo realidad. Ahora, la genética, como antes el galvanismo, está estimulando cuestiones sobre el futuro de la humanidad. Su aplicación actual viene siendo muy limitada comparada con la potencialidad que se le atribuye. El tiempo hablará hasta qué punto el futuro estará regido por las consecuencias de dicha tecnología.

Incluso el progreso de Internet, que suele superar la imaginación de los novelistas que imaginan el futuro para ambientar sus obras, tiene sus anticipaciones. En 1909, E.M. Foster, en La Máquina Se Detiene” (The Machine Stops) presenta una sociedad donde la gente vive físicamente aislada en compartimentos estandarizados. Apartados de la experiencia propia, discuten sin final ideas prefabricadas, comunicándose a través de una máquina global de la que dependen física y espiritualmente.

Estos trazos de historia de la ciencia y la literatura nos servirán para reflexionar sobre el origen y la responsabilidad de las creaciones culturales en general y las técnicas en particular. ¿Era inevitable la invención de la Bomba Atómica? ¿Hasta qué punto era Léo o Einstein responsables? ¿Hasta qué punto es el individuo el artífice de historia a través de su poder de decisión?

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Una historia sobre un enfado, una novela de ciencia ficción, y la invención de la bomba atómica.

Primera parte. El peatón enfadado.

Era el 12 de septiembre de 1933 cuando el físico húngaro Leó Szilárd esperaba enfadado el semáforo para cruzar la Avenida de Southampton, en el centro de Londres. La fuente del enfado estaba en un artículo en el que Ernest Rutherford tachaba la obtención de energía nuclear como algo no plausible.

Le vino a la cabeza un relato de ficción titulado “Bombas Atómicas” publicado dentro de la novela de H.G. Wells “El Mundo Liberado“. Y fue esa secuencia de emociones y pensamientos la que encendió en su mente la idea de cómo obtener una reacción nuclear en cadena. Un año después pidió la patente para cederla al almirantazgo británico en 1936.

Desde luego que Léo era un hombre especial. Bueno y cariñoso hasta resultar extravagante, predijo la primera guerra mundial y los acontecimientos de la segunda con años de antelación. Vivía en hoteles con la maleta siempre preparada y a mano. Había llegado a Londres escapando de los nazis.

En 1939, escribió el borrador de la carta que, con la firma de Albert Einstein, urgía al presidente de los EEUU, Franklin D. Roosevelt a que tomara acciones como:

“Acelerar el trabajo experimental, que en estos momentos se efectúa con los presupuestos limitados de los laboratorios de las universidades, con el suministro de fondos, si fueran necesarios, con contactos con personas privadas que estuvieran dispuestas a hacer contribuciones para esta causa, y tal vez obteniendo la cooperación de laboratorios industriales que tuvieran el equipo necesario.”

Lo propuesto en este párrafo se llevaría a la práctica más tarde en el Proyecto Manhattan, que daría como resultado tangible la bomba atómica, y como resultado político y cultural el complejo militar-industrial-académico y la consiguiente militarización de la vida política internacional incluso en tiempos de paz.

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La Bestia de Gévaudan

junio 8, 2007

El Monstruo de Gévaudan

En los alrededores de Aveyron, en el corazón de Francia, entre 1764 y 1767, se le atribuyó a un extraño animal la muerte de más de 130 campesinos. En su mayoría mujeres y niños.

Los testimonios sobre su aspecto son dispares. Cuerpo de leopardo, patas de oso, ojos luminosos o la propiedad de plegarse de la cabeza a la cola. Se decía también que era mucho mayor que un lobo, con rayas negras en los cuartos traseros y una cresta de pelos largos en el lomo, una cola larga y robusta y una gran boca provista de dientes enormes.

Muchas de las víctimas aparecieron destrozadas, y algunas con señales de haber sido violadas. Por entonces había numerosos lobos en la zona. Muchos se cazaron en batidas. Pero las muertes continuaban. La intervención del ejército no paró la matanza. Hasta las potencias extranjeras aprovecharon para desprestigiar al rey ante su ineficacia.

Un capitán de los Dragones describió a ese ser como una bestia tan grande como su caballo, pero mucho más ágil, sin inmutarse ante los disparos de sus acompañantes, que no parecían atravesar su piel.

Las muertes siguieron hasta que un campesino mató un lobo descomunal. Más grande de lo que se había visto hasta entonces en Francia. Hasta se dice que se le abatió con balas de plata obtenida fundiendo medallas de la Virgen María.

Es imposible separar los hechos acontecidos de la leyenda en torno a su explicación. Lo cierto es que, la Bestia de Gévaudan, sin importarle qué es mito y qué es historia, permanece oculta, indefinida, en los bosques de la memoria.