-Para mí fue un milagro. Ser a veces una bestia hambrienta no me pareció demasiado pago por una prueba de la Justicia Divina. Mi pecado no fue otro que la falta de fe. Recuperarla me costó el alma. Me descubrí a mi mismo como instrumento de Nuestro Señor. Soy un demonio que hace su papel con el convencimiento de que tras de sí está la Divina Voluntad.

En esta última afirmación, el Vampiro alzó un poco su mano verdosa, contemplándola como si todavía, después de varios siglos, le sorprendiera una forma tan nauseabunda. Y aunque en última instancia su afirmación como parte del Plan era cierta, casi le cuesta la vida al pobre diablo. Pieter, alzó su espada y, murmurándome que no había arrepentimiento sino mezquino orgullo, sólo me dio tiempo a rogar que no lo matara antes de cortar la horrible mano de un tajo.

El monstruo se limitó a arrodillarse en el suelo soltando un agudo quejido, lastimoso como el de un niño herido de muerte, y la espada de mi compañero se calmó.

-¡Piedad, vuestra merced tenga la gracia de concederme un único momento de paz antes de poner mi otra rodilla en el Infierno! Dejadme confesar el pecado que me hizo tomar este sendero. ¡Confesión!

Le dejé seguir más por curiosidad que por esperanza de obtener arrepentimiento. Su contemplación ahora me hacía pensar sobre un orden que nunca se había roto, una cadena de seres de Dios en la que él ocupaba un terrible eslabón. Temí que Pieter notara en mi rostro algo de asentimiento ante su proceder y pensara que había caído en algún tipo de encantamiento. Me asaltó el miedo de que así fuera, pero tenía a Pieter, siempre dispuesto. Pieter el Implacable, el Penitente, mi fiel amigo.

El habla suave del monstruo cortó mis pensamientos:

-Era Julio y se ultimaba un viaje con el que uno de los muchos bastardos del Papa Inocencio ofrecería de nuevo a los malditos Reyes Católicos oro que saquear y reinos a los que imponer el fuego de la Iglesia.

Se decía que Inocencio VIII era padre de Roma, no por Papa, sino por ser padre carnal de gran parte de sus ciudadanos. Era débil y avaro y su pecado atraía a la enfermedad como el excremento a las moscas.

Yo acechaba allí, en la ciudad más corrupta y podrida de la cristiandad, curando la legión de gentes que pululaban alrededor del dinero y la lujuria. Y una mañana todo un ejército papal se presentó en mi puerta para llevarme en presencia del Santo Padre, que deliraba en la cama pidiendo perdón por sus pecados.

Le desperté con un salmo y un poco de humo. Mantuvimos una corta conversación que un demonio me dictaba al oído. Le prometí que podía sanarlo, como a muchos conocidos suyos, y le advertí con sinceridad que debería pagar un alto precio por postergar su muerte. Le enseñé las oraciones a Mi Señor, a quien se debía encomendar a partir de entonces.

No sé si por ignorancia o por costumbre, se sorprendió de que no le pidiera ningún favor material. Me ofreció tierras y títulos. Me dijo que había mucho oro por venir. Entonces le murmuré, por si no me había entendido bien: “sólo quiero tu alma”. Y al fin asintió tembloroso.

Le dimos de beber la sangre de tres niños, prometiéndoles a sus padres un ducado de oro que nunca les fue pagado, pues la muerte de sus hijos fue inútil. En su duermevela, fingiendo demencia, el pontífice bebía de un falso Cáliz de la última cena, mientras yo le mostraba mi verdadero rostro. Entró llorando en un profundo sueño del que despertó con un aspecto más digno de su alma, con el que vivió en secreto casi un año más, lo que tardamos en preparar debidamente al digno sucesor.

Lo que sigue ya no importa. La Justicia fue hecha. No puedo hacer nada a los Santos, y a los inocentes no puedo causar más daño que enviarlos a la Gloria.

Parecía que acababa su discurso. El final del pecador siempre es desdichado y sentí una gran piedad por todas las víctimas de la tentación. Entonces el Vampiro se levantó y siguió hablando, ahora con otra voz, y esta vez mirándome fijamente a los ojos dijo:

-Has obrado por orgullo dejándome hablar. No te preocupa mi alma, sólo tienes avaricia de saber. Te has dejado embaucar porque te gusta lo que soy. Ocupas un lugar que no te corresponde. No eres nada, ni judío, ni cristiano, ni turco. Buscabas al Monstruo y sabías que te encontrarías a ti mismo.

Sencillamente no podía reaccionar, el peso de sus palabras me mantenía inerte como cuando un gato aplasta un ratón contra el suelo.

– Y tú, ¡asesino de niños! -dijo volviéndose hacia Pieter-, has comido de..

Pero a Pieter ningún poder oscuro le velaba la vista y la cabeza del monstruo rodó antes de terminar la frase. Nos conocíamos y sabíamos de nuestras debilidades y nuestros pecados. Abrimos la puerta y dejamos pasar el aire.

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Era grotesco, impensable que de esa boca saliera otra cosa que no fueran gemidos o rugidos. Pieter pensaba que sólo hablaba para embaucarnos pero sabía que debía ser cierto que una vez fue humano y por tanto su alma podía ser redimida. Me conocía y confiaba en mí, así que dejó que siguiera su explicación negándose a escuchar y dispuesto a interrumpir ante el menor indicio de ataque.
El vampiro continuó:
-Me dirigí hacia el norte por caminos sólo transitados por quienes escapábamos de la matanza y por bandidos que nos diezmaban impunemente. Hasta que una fría tarde me crucé con un rebaño. Entre alaridos, las bestias corrían enloquecidas; algunas caían muertas por el miedo, otras aplastadas por el resto. Mi caballo se encabritó arrojándome al suelo, y allí quedé solo esperando a los lobos.
Pero por primera vez en mi vida no tenía miedo. Me alcé sin hacer caso de mis heridas y mirando al cielo grité con tanta furia que de mi boca salió un rugido pavoroso. Lo hice llamando a lo más terrible, recordando el nombre de todos los demonios sobre los que había leído alguna vez. Cuando agaché la cabeza habían tres mujeres frente a mí; su piel era blanca como la luna y sus ojos oscuros como la misma maldad. Una se acercó y dejó que la poseyera allí mismo. Desaté mi furia sin ningún control. Las otras comenzaron a volar a nuestro alrededor cantando en un idioma oscuro, diferente a todos los que había oído nunca. Bebí de su sangre hasta saciarme. Cuando me levanté me había convertido en lo que veis.
Corrí por los caminos de esa Europa sumida en la oscuridad. Las personas me tomaban por un sabio bondadoso, o un joven decidido, según fuera mi deseo. Nadie veía entonces mi verdadera forma. Empecé a curar a todo tipo de enfermos, ocultando mis hechizos entre versos hebreos, cirugía y gestos rituales. Pronto era un médico judío de renombre al que acudían prohombres de todas partes, sifilíticos, viejos o ciegos, da igual, todos dispuestos a pagar algo más que su dinero por ganar un instante de vil tiempo para cometer sus pecados. No tardé en darme cuenta que quienes sanaban tenían algo de malditos y que una siniestra fuerza los empujaba a su destino.

No había piedad en mí; por entonces, refugiado en la oscuridad de la noche ya buscaba, en las fondas o en las casas, alimento para encerrar mi alma exhausta en esta terrible morada que soy yo.

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Y la bestia dejó de gritar. Sus alaridos salían del círculo trazado con tiza en el suelo carentes de poder. Al fin, tras tres años de fatigas y pérdidas, lo habíamos atrapado en aquel cuartucho de paredes desconchadas y ventanas tapiadas, invocado y encerrado por el sortilegio que un inquisidor quemado por brujo había grabado en la corteza de un árbol.
Pieter desenfundó la espada ansioso de acabar con la pesadilla, y ante su fin inminente la criatura comenzó a llorar ¡Qué espectáculo dantesco! Sentí pena por el monstruo. Pieter me miró y con un respeto que sólo él sabe transmitir, me dio su espada y dijo:
-acaba ya con su sufrimiento.
-Pide perdón por tus pecados- dije al monstruo buscando su mirada-, la pesadilla se acaba también para ti.
-Señor- contestó con una voz suave y dulce que escapaba entre sus colmillos-, le ruego confesión.
Pieter se arrepintió de no tener su espada, sospechando como siempre que podía tratarse de una trampa.
-Me mueve la mano de mi amo -dijo el monstruo-, pero una vez fui libre de pecar, y ese acto inmundo me transformó en lo que soy; en lugar de manos tengo garras, mi piel tiene escamas, mi aliento es una bruma maloliente y me alimento de sangre. Yo siembro odio, y mi señor recoge la cosecha. No temo al infierno porque ya vivo en él.
-Dios es misericordioso, incluso para ti- le expliqué con la esperanza de obtener un verdadero triunfo-, pero tu arrepentimiento ha de ser sincero. Habla libremente, te escucho.
Le devolví a Pieter su espada por lo que pudiera pasar. El ser se arrodilló y yo me acuclillé lo más cerca del círculo que la prudencia y mi compañero me permitieron.
-No hallaré perdón, pero sí un instante de consuelo -dijo suplicando a Pieter misericordia-. Os ruego que escuchéis toda la historia. Seré breve.

Albergaba la esperanza de que tras tanto tiempo de sufrimiento inhumano aflorara el arrepentimiento antes de que Dios, como tantas otras veces, guiara el firme brazo de Pieter el Terrible. Matarlo sería sólo una solución temporal; que salvara su alma, un triunfo cósmico.

-Que lejano es todo ahora -comenzó-. Éramos una rica familia de nuevos cristianos y yo leía a Picco de la Mirandola con fervor y esperanza. Prometía una comunión, una paz filosófica, un respeto por las diferencias y el entendimiento. Entonces llegó la inquisición con permiso para tomarlo todo. Mi familia fue quemada al completo por culpa de mi biblioteca. Sentí que la sed de venganza hacía presa de mí y consagré mi existencia a la destrucción de la Iglesia. Recuerdo haber perdido mi alma viendo cómo el horizonte entero se iluminaba con el fuego de todo lo que alguna vez había amado.

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Lo primero, como todos los días desde que empezó su iniciación fue hacer bien la cama. Luego abrió el armario y comprobó que la maleta estaba lista. Se vistió metódicamente, se rodeó el cuello con un pañuelo y atravesó el salón del piano para salir hacia su último día de trabajo en la universidad.

Pero sonó el teléfono. Cualquier cosa fuera de lo planeado le ponía de los nervios. Por eso María Carrillo había desterrado todo lo inesperado de su vida hasta sacrificarlo todo por el Plan. Ya había abierto la puerta y el teléfono insistía aumentando las probabilidades de que no fuera la llamada errónea de un desconocido.

Descolgó casi desafiante, dispuesta a acabar con esa pequeña incertidumbre. Al otro lado sonó lo que parecía el tono de un fax. María tardó demasiado en reconocer la Melodía en él.

Arrancó torpemente el cable del auricular y salió corriendo. A un metro de la puerta chocó de cara contra una barrera invisible reventándose la nariz. La sangre descendía por los lados de un decágono regular que parecía formarse en el aire.

Mientras ella sacaba el lápiz esa cosa empezó a vibrar a su alrededor atravesándola con sus sonidos. María sabía que el primer paso sería el análisis y el cálculo del periodo de vibración característico de su cuerpo para luego emitir la consiguiente frecuencia de resonancia. Tenía poco tiempo hasta que el gólem emitiera el sonido que la destruiría descomponiéndola hasta lo más elemental.

Pero ella tenía una oportunidad. Conocía el secreto del Número. Primero palpó hasta hacerse una idea de la forma y tamaño de la bolsa que le rodeaba. Rallando en el suelo de madera comenzó a hacer hipótesis poco plausibles que servirían de semilla para su salvación. Ella buscaba el ritmo que podía llevar a esa criatura hasta una inercia de vibración caótica parecida a un infarto de corazón. Pero eran muchos cálculos y mucha la precisión necesaria, y el dolor de su nariz rota no le permitía concentrarse.

Pensaba en eso cuando empezó la canción. Su cuerpo respondió vibrando con ella, los huesos temblaban por dentro y todas sus estructuras, sólidas o no, tiritaban. La sangre del suelo entró en ebullición formando burbujas poliédricas. La muerte estaba cerca y María Carrillo sólo pudo gritar antes de reventar en una masa de astillas, carne y sangre.

El ser destructor era ahora rojo, como una célula sanguínea con una tormentosa emulsión homogénea en su interior. Siguió con su vibración, hasta que ya no hubo tejido, sólo gas y cristales de mineral de calcio en suspensión. Ya no había nada de María cuando cesó la turbulencia.

Terminada su misión, el gólem se marchó, dejando tras de sí una nube que pronto se difundiría quedando el salón cubierto de una fina capa de polvo blanco.