“En una época de cambios drásticos, uno puede preocuparse demasiado por lo que acaba o bien obsesionarse demasiado con lo que parece empezar. En ambos casos, se pierde contacto con el presente y con sus posibilidades, oscuras, pero dinámicas.  Lo que importa realmente es la apertura, la disposición, la atención, la valentía para hacer frente al peligro. No se necesita saber exactamente qué pasa, ni adónde va todo. Lo que se necesita es reconocer las posibilidades y desafíos que ofrece el momento presente, y abrazarlos con valentía, fe y esperanza. En tal caso, la valentía es la forma auténtica del amor.”

Thomas Merton, Conjeturas de un espectador culpable

El gran sueño

octubre 1, 2010

“Si la pupila se llama kóre, de esto se deduce que el ojo por excelencia es el de Hades: en el suyo, en efecto, mientras la raptaba, Core se vio reflejada a sí misma.”

Roberto Calasso, Las bodas de Cadmo y Harmonía

.

“¿Cómo puedo yo saber

que amar la vida no es una trampa?,

¿qué odiar la muerte no es extraviarse,

como un niño se pierde al regresar a casa?

Li era la hija de Ai, un guardia fronterizo.

Cuando el rey del país de Jin se apoderó de ella,

las lágrimas mojaron su vestido.

Pero una vez que llegó al palacio,

y compartió con el rey el mismo lecho,

y se alimentó de exquisita carne,

se arrepintió entonces de sus lágrimas.

¿Cómo puedo yo saber

si los muertos se arrepienten

de desear antes la vida?

.

Quien sueña con un banquete

se despierta con lágrimas.

Pero quien sueña con lágrimas

se despierta con cacerías en la aurora.

Quien sueña,

ignora que sueña.

Quien dentro de un sueño

sueña que sueña,

al despertar sabe que todo era un sueño.

Sólo en el Gran Despertar

se revela el Gran Sueño.

Los estúpidos creen que están despiertos,

y que saben ellos mismos quiénes son:

príncipes o pastores. ¡Qué obtusos!

Confucio y tú no sois más que un sueño

y yo que lo digo soy un sueño también.

Todo esto tiene por nombre: el misterio.

Dentro de muchos siglos

un Santo revelará todo en el espacio de un día.”

Zhuang  Zi

Los capítulos interiores de Zhuang Zi, Madrid, Editorial Trotta, 2ª ed., 2005. Traducción de Pilar González España y Jean Claude Pastor-Ferrer.

Un cuento sufí

abril 11, 2008

“Un famoso y respetado faquir se presentó ante las puertas del cielo, y las encontró cerradas con un único ángel de guarda. Cuando se le preguntó su nombre, el faquir decidió que las obras eran mejores que las palabras y puso en juego su repertorio completo.

En primer lugar hizo aparecer y desaparecer cosas, luego sopló fuego desde su boca. A continuación materializó a todo una asamblea de ochenta mil discípulos procedentes de su vida terrenal. Para terminar dirigió una proyección de poder especial hacia el ángel: el tipo de manifestación reservada para convencer a la gente en la tierra de su maravillosa naturaleza sagrada.

-Está bien -dijo el ángel-, abriré la puerta; pero no creo que te vaya a gustar estar ahí dentro…”

Narración recopilada por Idries Shah en su libro “Humor Sufí”, Barcelona, Ed. Integral-RBAlibros 2008.

“Es verdad sin mentira alguna, cierto y muy verdadero,
lo que está abajo es como lo que está arriba,
y lo que está arriba es como lo que está abajo
para que se cumpla el milagro de la unidad.

Todas las cosas vinieron y vienen del Uno,
a través de la meditación del Uno,
así han nacido de esta unidad por conjugación.”

Fragmento de la Tabla de Esmeralda atribuida a Hermes Trismegistro.

 

Nebulosa del Anillo en la constelación de Lyra

Nebulosa del Anillo en la constelación de Lyra.

 

Vista aérea del Parque Nacional de Yellowstone

Vista aérea del Parque Nacional de Yellowstone

 

Mineral de ágata

Geoda de mineral de ágata

Transcribo aquí una de las mejores “aclaraciones” sobre la naturaleza del fuego secreto de los filósofos que he encontrado. Proviene de un manuscrito de siglo XVI que se conserva en la Biblioteca Nacional de París. Dice así:

“Yo, Jean Pontanus, he visitado múltiples regiones y reinos, -a fin de conocer verdaderamente qué es la Piedra de los Filósofos-, y después de haber recorrido los confines del mundo, sólo he encontrado falsos Filósofos y farsantes. Sin embargo, por un continuo estudio de los libros de los Sabios, aumentándose mis dudas, he hallado la verdad; pero aún conociendo la materia he errado doscientas veces antes de poder encontrar la operación práctica de esta verdadera materia.
Primero, empecé mis operaciones por las putrefacciones del Cuerpo de esta materia durante nueve meses y no encontré nada. Durante algún tiempo la puse al baño maría y del mismo modo erré. La mantuve y puse en un fuego de calcinación durante tres meses, y operé mal.

Intenté y probé todos los géneros y modos de destilaciones y sublimaciones, según lo que los Filósofos dicen o parecen decir, por ejemplo Geber, Arquelaos y casi todos los demás y tampoco encontré nada.

Por último, intenté alcanzar y perfeccionar el objeto de todo el Arte de Alquimia, de todas las maneras imaginables: por el estiércol, el baño, las cenizas y por otros mil géneros de fuego que los Filósofos mencionan en sus libros; pero no descubrí nada válido.

Por lo cual, durante tres años seguidos estudié los libros de los Filósofos, sobre todo el único Hermes, cuyas breves palabras comprenden todo el magisterio de la Piedra, aunque hable de un modo muy obscuro de las cosas superiores e inferiores, del Cielo y de la Tierra.

Por lo tanto, toda nuestra aplicación y nuestros cuidados sólo deben estar dirigidos hacia el conocimiento de la verdadera práctica, en la primera, segunda y tercera Obra.

No se trata del fuego de baño, de estiércol, de cenizas ni ninguno de los otros fuegos que nos evocan y describen los filósofos en sus libros.

Entonces, ¿cuál es aquél fuego que perfecciona y acaba la Obra entera desde el principio hasta el final? Ciertamente, todos los Filósofos lo han ocultado; pero yo, conmovido por un impulso de misericordia, quiero declararlo junto con la completa realización de toda la Obra.

La Piedra de los Filósofos es única y es una, pero oculta y envuelta en la multiplicidad de distintos nombres, y antes de que puedas conocerla pasarás muchas fatigas; difícilmente la encontrarás por tu propio ingenio. Es acuosa, aérea, ígnea, terrestre, flemática, colérica, sanguínea y melancólica. Es un azufre y también Plata viva (mercurio).

Tiene varias superfluidades que, te lo aseguro por el dios viviente, se convierten por medio de nuestro fuego en verdadera y única Esencia. Y quien -creyéndolo necesario- separe alguna cosa del objeto, seguro que de Filosofía nada sabe. Ya que lo superfluo, lo sucio, lo inmundo, lo vil, lo fangoso y, por lo general, toda la substancia del objeto, se perfecciona por medio de nuestro fuego en un cuerpo espiritual fijo. Esto, los Sabios nunca lo han revelado y, como consecuencia, pocas personas llegan a este Arte, pues imaginan que algo sucio y vil debe ser separado.

Ahora debemos manifestar y extraer las propiedades de nuestro fuego; si éste conviene a nuestra materia tal como lo he dicho, es decir, si es transmutado junto con la materia, entonces dicho fuego no quema la materia, nada separa de ella, no divide ni aparta las partes puras de las impuras, tal como dicen todos los Filósofos, sino que convierte todo el objeto en pureza. No sublima a la manera de Geber, Arnaldo y todos los demás que han hablado de sublimaciones y destilaciones. En poco tiempo se realiza y perfecciona.

Este fuego es mineral, invariable y continuo, no se evapora si no es excitado en exceso; participa del azufre, se toma y proviene, no de la materia, sino de otro lugar. Todo lo rompe, disuelve y congela, igualmente congela y calcina; es difícil de encontrar por la industria y por el Arte. Dicho fuego es compendio y resumen de toda la Obra, sin tomar ninguna otra cosa o por lo menos poco, este mismo fuego se introduce y es de débil ignición; porque con este pequeño fuego se realiza toda la Obra y juntas se hacen todas las requeridas y debidas sublimaciones.

Los que lean a Geber y todos los demás Filósofos, aunque vivieran cien millones de años, no podrían comprenderlo, pues este fuego sólo se puede descubrir por la única y profunda meditación del pensamiento; después será posible comprenderlo en los libros, y no de otra manera. Por lo tanto, el error en este Arte es no encontrar este fuego, que convierte la materia en la Piedra de los Filósofos.

Concéntrate, pues, en este fuego, porque si yo lo hubiese encontrado en primer lugar no hubiese errado doscientas veces sobre la propia materia. A causa de ello, ya no me sorprende que tantas personas no consigan llegar a la realización de la Obra. Yerran, erraron y errarán siempre, en cuanto a que los Filósofos sólo han puesto su propio agente en una sola cosa, que Artefius ha nombrado, pero hablando sólo para sí mismo. Si no fuese porque he leído a Artefius, lo he oído y comprendido, nunca hubiese llegado a la realización de la Obra.

He aquí cuál es dicha práctica: se debe tomar la materia con gran diligencia, triturarla físicamente y colocarla en el fuego, es decir, en el horno; pero también hay que conocer el grado y la proporción del fuego. A saber, es preciso que el fuego externo tan sólo excite la materia ; en poco tiempo este fuego, sin manipularlo para nada, ciertamente realizará toda la Obra. Ya que putrifica, corrompe, engendra y perfecciona la obra entera, haciendo aparecer los tres principales colores: el negro, el blanco y el rojo. Y mediante nuestro fuego la medicina se multiplicará, si está conjunta con la materia cruda, no sólo en cantidad sino también en virtud.

Busca, pues, este fuego con todas las fuerzas de tu espíritu y llegarás a la meta que te has propuesto; pues él es quien hace toda la Obra y es la llave de todos los Filósofos, y en sus libros nunca la han revelado. Si piensas muy profundamente en las propiedades de este fuego antes descrito, lo conocerás, pero de otro modo, no.

Así pues, conmovido por un impulso de misericordia he escrito esto, pero para quedar satisfecho debo decir que el fuego no está en absoluto transmutado con la materia como dije antes. He querido decirlo y advertir a los prudentes de estas cosas, para que no gasten inútilmente su dinero y sepan de antemano lo que deben buscar, por este medio llegarán a la verdad del Arte; de otra manera, no. A Dios.”

Alegor�a de la Alquimia en Notre-Dame

 

Transcribo aquí un relato perfecto. Nadie nunca mediante la prosa me mostró mejor la terrorífica cara de la inercia:

En la Galería.
Franz Kafka.

Si alguna débil y tísica amazona circense fuera obligada por un director despiadado a dar vueltas a la pista sin interrupción durante meses, a golpe de fusta, sobre un ondulante caballo, ante un público incansable; a pasar como una exhalación, lanzando besos, saludando y flexionando la cintura, y si esa representación se prolonga indefinidamente, bajo el incesante estrépito de la orquesta y de los ventiladores, acompañada por fluctuantes olas de aplausos, entonces, tal vez algún joven espectador de la galería bajaría rápidamente las largas escalinatas, cruzaría los estrados, irrumpiría en la pista y gritaría: “¡basta!”, en medio del estrépito de la siempre oportuna orquesta.

Pero no es así; una hermosa joven, blanca y sonrosada, sale de detrás de los cortinajes que los criados abren ante ella; el director, buscando con deferencia su mirada, se acerca como un animal sumiso; con cuidado, la ayuda a subir al caballo; como si fuera su nieta predilecta a punto de iniciar un viaje peligroso; no se decide a dar el latigazo de partida; finalmente, como obligándose a sí mismo, lo da, restallante; corre junto al caballo, con la boca abierta; sigue con mirada atenta los saltos de la amazona, como si no pudiera dar crédito a tanta destreza; trata de aconsejarla con gritos en inglés; furioso, exhorta a los empleados que sostienen los arcos para que tengan más cuidado; antes del gran salto mortal, pide silencio a la orquesta con los brazos en alto; finalmente, ayuda a la muchacha a desmontar del tembloroso corcel, la besa en ambas mejillas y todos los aplausos le parecen insuficientes; mientras ella, sostenida por él, erguida sobre la punta de los pies, rodeada de polvo, con los brazos extendidos y la cabecita echada hacia atrás, desea compartir su felicidad con el circo entero. Como esto es lo que ocurre, el espectador de la galería apoya el rostro sobre la baranda y, hundiéndose en la marcha final como en una honda pesadilla, llora sin darse cuenta.