El habitante del valle

agosto 11, 2011

Cuando vives en el valle la vigilancia debe ser perpetua. Eso al menos sé ahora. Se nos ha dicho que las montañas a nuesto alrededor forman una muralla natural, pero todo cambia cuando comprendes que nada, ni siquiera en este mundo, es sólo natural.

Los días de densa niebla, cuando hasta lo cercano se hace invisible, he creído ver caminos desconocidos que serpentean sobre las laderas que ascienden a los bosques. Sé que otros han hablado antes de grietas que conducen muy lejos, tal vez a lo largo de grutas que llegan al límite del reino y terminan en los acantilados. Se cuenta que el océano ruge allí, pero yo creo que canta. Canta alto y profundo recordándonos que aquel que choca contra sus muros se rompe; pero quien lo sabe se salva.

Centinela

mayo 19, 2010

Pequeña alma,

se te dio la misión de subir al muro de la noche, vigilar los cielos, anunciar el alba. Y tú miras el horizonte, a lo lejos, con el convencimiento difuso de quien cumple un deber que no se ha autoimpuesto. Y la aurora llega, orlando todo de luz, haciendo estallar el vidrio de la noche en mil añicos de color. Se dice que hay centinelas que tocan las campanas, hacen vibrar las trompetas, giran, danzan y todo se repite. Y tú bajas del muro con la sensación de que algo se te escapa.

El rito

junio 3, 2009

“Conocer los mitos es aprender el secreto del origen de las cosas. En otros términos: se aprende no sólo cómo las cosas han llegado a la existencia, sino también dónde encontrarlas y cómo hacerlas reaparecer cuando desaparecen.”

Mircea Eliade

.

Primero, inmóvil, no pronunció nada. Luego fue exhalando las palabras, ni lenta ni rápidamente, sino en una alternancia con el silencio que generó una tensión, un compás que primero resonó cerca de su boca para después elevarse, como pájaros que al alzar el vuelo en todas direcciones hacen que éstas sean reveladas. Los ecos y vibraciones, el ir y venir del sonido, definieron el lugar en que se hallaba: una caverna pequeña y oscura con una abertura por la que pronto se dispuso a salir.

En el exterior una niebla muy espesa lo cubría todo. Percibiendo sólo por el tacto la roca que pisaba, caminó un largo trecho hasta que sus pies tocaron la arena. Tampoco allí distinguió nada, pero supo que había alcanzado la costa que buscaba aunque no pudiera ver ni escuchar el mar: –el mar está ahí; ¿qué hay sino el mar?-, era su convencimiento profundo fruto de la más poderosa intuición.

Sobre la arena detuvo su canto e inició la danza que había aprendido observando a las serpientes con devota atención. Con sus pasos comenzó a hollar el suelo y conforme sus movimientos marcaban los meandros de un intrincado laberinto, la niebla se disipó en jirones que terminaron por desvanecerse. Fue así como pudo contemplar el negro cielo, el negro horizonte y las negras aguas; todo fundido en una calma expectante, como la de un espejo que aguarda albergar el reflejo en una abandonada habitación a oscuras.  Entonces alzó la mirada hacia el abismo y al ver las estrellas que lo coronan supo que el mundo también le observaba. Llegado así el momento imploró:

¡Apolo!: Pitón aguarda tu flecha.

Rizos de blanca espuma comenzaron a agitarse en la orilla. En un ir y venir acariciaron sus pies, como ecos y vibraciones, ni lenta ni rápidamente; conformando en agua y arena la imagen del viento que trae de vuelta los navíos de los dioses.

La Copa

febrero 27, 2009

Y he aquí que, al alcanzar mi caballo el claro de la fuente en el bosque, sólo encontré una copa olvidada. La comitiva que parecía haber estado de celebración -y cuya fantasmagórica música me atrajo desde la distancia-, tuvo que haberse marchado con gran premura, de lo contrario no cabía imaginar que hubieran abandonado lo que podía ser la obra maestra del más avezado artesano. Era tal la belleza de su figura -digna de la mesa de un rey-, que no sé por cuánto tiempo me sentí incapaz de tocarla. Decidido al fin, la alcé del suelo y quedó iluminada por la luz de la luna que ya declinaba; sólo entonces pude ver, grabados con delicadeza en su borde, estos versos apenas revelados por su tenue resplandor:

Astrum in homine,

paladar y vino;

fermento de la uva terrena

y esencia del niño divino.


bosque-nocturno5

.

Por supuesto que Onoe conocía el mito.

5

Isis y Osiris

Mito de Isis y Osiris contado dos milenios antes
por otro pensador, Plutarco.

“Osiris gobernaba sobre Egipto como un rey beneficioso que trajo a su pueblo la civilización, pues le enseñó el cultivo de cereales y estableció las leyes y el culto a los dioses, mientras su esposa Isis les enseñaba la música.

Pero esta situación idílica provocó la envidia de su hermano Tifón, que reinaba sobre el desierto, quien comenzó a conspirar contra él con un grupo de sus adeptos. Al regreso de un viaje civilizador fuera de su país, en el curso de una cena de bienvenida, Osiris fue invitado a introducirse en un cofre de madera de cedro que su hermano había traído a la sala, tras haber prometido que lo regalaría a quien mejor le encajase. Naturalmente, había sido realizado para que sus medidas coincidieran con las del monarca. Cerrada la tapa, el ataúd fue tirado al Nilo, donde el rey muere ahogado, y es arrastrado hasta el mar.

Isis, inconsolable, buscó a su marido muerto hasta encontrarlo en el palacio de Biblos. Allí tuvo que introducirse con estratagemas hasta obtener del soberano local la autorización para repatriar a Osiris. Tan pronto como llegó al Delta, mientras ella se encontraba alejada un momento, el cadáver fue encontrado por Seth durante una cacería. Colérico, éste descuartizó a su hermano muerto en catorce partes, que él mismo se encargó de desperdigar por todo el país. De nuevo, la esposa fiel salió en búsqueda de su marido por segunda vez. En cada lugar donde localizaba un fragmento, fabricaba una imagen que enterraba, lo que explica el gran número de ciudades que cobijaba una de estas reliquias en su santuario. La única parte que no consiguió encontrar fue el pene, pues Seth lo había tirado al río y se lo habían comido unos peces. Isis lo solucionó con sus habilidades mágicas y creó uno artificial. Éste permitió que llegaran a tener relaciones sexuales y que engendraran un hijo, en el que se transmitiera el principio vital paterno.

Tras la concepción, Osiris pasó a gobernar el mundo inferior, donde se encuentran las semillas de la vida, mientras Isis, por consejo de Thot, se escondía en Jemis, una isla pantanosa del Delta. En ella, Horus se mantuvo oculto hasta que creció y pudo combatir contra su tío Seth para recuperar la herencia de su padre, el trono de Egipto.”

 

6

El Trabajo de Isia

– ¿El hermoso nombre de Isia es un homenaje a Ella? – dijo Onoe con el mayor de los reproches.

Isia miraba a Onoe dejando que su silencio asintiera.

– ¿He de llamarte a ti, que me miras con ojos metálicos, Reina de los Dioses?- continuó el doctor- a ti, que tienes la sangre de máquinas, ¿he de llamarte Fuerza Fecundadora de la Naturaleza como se le llamaba a Ella? ¿Qué delito cometeré si en lugar de autómata te llamo Señora del Cielo, de la Tierra y del Inframundo? Si me niego a nombrar a una máquina como a un humano, ¡¿cómo voy a llamar a una máquina con el epíteto de la Diosa Madre?!

Cuando el doctor tuvo que parar para tomar aire, Isia se inclinó un poco hacia delante y rió con soltura, rió que parecía que se le iban a saltar las lágrimas.

Onoe, superado por la sorpresa de ver a Isia riendo con la espontaneidad de una muchacha sonrió por primera vez en mucho tiempo.

Una de las cosas que más distinguía a un humano de una máquina es la naturalidad de su risa. La risa de Isia era la más bonita y contagiosa que Onoe había disfrutado nunca.

< Ir a la parte (I) < Ir a la parte (II)

Ir a la parte (I)

3

ISIA

El resto del camino fue sin voces ni autómatas. El ascensor conducía a un laberíntico pasillo y éste terminaba en un enorme despacho cuyas paredes estaban repletas de estanterías. Y las estanterías repletas de cosas, incluso libros de papel. De pie tras una mesa, le observaba lo que primero -por deformación profesional-, le pareció una armadura antigua, luego una estatua de oro y finalmente un robot de un tiempo lejano.

Sus formas eran sencillas, de una feminidad minimalista y elegante. El doctor, haciendo gala de su coraje, habló hacia las paredes proclamando con los brazos, tratando de dejar claro que en realidad hablaba con un interlocutor que tal vez estuviera a miles de kilómetros de distancia:

-Me llamo Onoe Nogushige, soy de Hitoko, doctor en historia: ¿queréis que os dé mi opinión sobre esta estatua móvil? Pues es hermosa, muy antigua y tal vez su mecanismo ya haya desaparecido fundido por las aguas del mar. Ese es el destino de todos y de todo, ser disueltos en las aguas del eterno mar.

-De la espuma del mar nació una hermosa diosa; no es un mal final- dijo la estatua con una voz dulce y más bien grave- Por favor, tome asiento Doctor Onoe. Le aseguro que no se arrepentirá de haber venido.

El doctor titubeó un poco pero se sentó. La estatua bordeó la mesa de despacho hasta acercarse lo suficiente a él como para poder susurrarle. Medía casi dos metros. Acuclillada para enfrentar sus ojos de oro y plata frente a los del doctor dijo con voz muy débil:

– Onoe es un nombre hermoso. Yo me llamo ahora Isia. Conozco su docta opinión acerca de las máquinas y me parece razonable. También sé de su gusto por el arte. Piense que habla con una obra de arte cuando se dirige a mí y escuche lo que le voy a decir. Obviemos por ahora todo lo demás, ya habrá tiempo de entendernos.

– ¡No deberían programar máquinas para que hablen como humanos!- gritó el doctor haciendo caso omiso a su interlocutor y tratando de no mirarle- Pronto sólo quedarán ellas, fingiendo en un mundo inerte. Es curioso como la humanidad se ha destruido a sí misma y deja como legado una caricatura de una caricatura. ¡Es patético! Y ahora, ¿os sigue pareciendo razonable mi opinión?

La estatua se levantó con una sonrisa y cambiando el tono, primero burlón y al final muy serio dijo:

– ¡Qué atrevido! Aquí es honesto, pero en sus escritos vela su opinión entre un montón de citas e idiomas que sólo entienden unos cuantos elegidos. Argot de falsos revolucionarios, pedantes, amargados de la vida, alejados del mundo, hipócritas y miserables. Usted es uno de ellos. Supongo que se sabe decadente, así que somos dos caricaturas hablando cara a cara. No está mal. No quiero turbarle más, pero es necesario que me conozcas. Me mira como si fuera algo demoníaco y en parte tiene razón, pero por razones distintas a las que imagina.

El doctor la miró, ahora asustado de verdad: era como si alguien con recursos hubiera querido enfrentarle a su pesadilla más terrible. La estatua siguió hablando:

– ¿Conoce usted el mito de Isis y Osiris, doctor?

– ¿Entonces se trata de eso, de hablar de mitología?- contestó el doctor, extrañamente aliviado.

– No exactamente Onoe -dijo con cara franca la estatua-, te he llamado para que asistas conmigo a su renacimiento.

4

POR QUÉ EL DOCTOR ONOE ESTABA TAN ENFADADO

Es raro que el doctor pierda así la compostura, y menos aún frente a unos desconocidos.

Nada más verla, Onoe supo que estaba ante un objeto de arte único de una belleza que sometía su ego. Su amor a una antigüedad idealizada le hizo ver en ella algo que la humanidad había perdido, algo que hacía latir su corazón con fuerza. Nunca se había sentido tan frágil frente a una máquina.

Lo primero que atrajo su atención fue el delicado brillo de sus formas, tan sencillas; luego, su aliento cálido y húmedo. Onoe odiaba hasta la náusea a los patéticos que consolaban su lujuria y su arruinado ego con autómatas, pero a nivel inconsciente ese calor que salía de la boca de la máquina le excitó; y excitarse le hizo sentir extrañeza y asco de sí mismo dejándole absolutamente desarmado.

Y mientras, tanto las palabras de ese ser como su lenguaje corporal eran auténticos. Su mirada de oro y de plata no seguía sus pupilas, no se dirigía al ojo ni al cerebro. Ese robot lo miraba en el alma, como sólo un humano podía hacerlo. Es más, ella le miraba como nunca nadie lo había hecho antes.

El doctor quería existir, por eso gritaba a las paredes, como pataleando. Desnudado de su personaje e indefenso ante lo que le superaba y no conocía, Onoe se sintió extrañamente vivo, como debía sentirse un niño. Por eso no se marchó.

El pozo

octubre 28, 2008

Creyó que ya no tenía acceso al agua maravillosa porque el pozo se había secado. Es más, analizándolo bien, lo más probable es que nunca hubiera existido tal pozo, por lo que sería prudente no volver a pensar en él. Y tras levantar un escudo de razones no quiso o no supo ver la terrible sencillez de lo ocurrido: había dejado morir sus raíces.
Eso fue el día en que pasó a creer, sin darse cuenta, que viajar desde Nunca Jamás a Utopía es como ir de ningún sitio a ninguna parte.

1

ONOE NOBUSHIGE

Incluso para ese ambiente desolador, Onoe Nobushige resultaba opaco en exceso.

Había sido propuesto por la Corporación Ikura para un programa de investigación en inteligencia simulada y Nobushige, por un acuerdo con la universidad, estaba obligado a aceptar si quería conservar su trabajo.

La sede de la Corporación estaba ubicada en el edificio Sendae, más conocido popularmente como el Cubo Rubik. Como era costumbre para cada nuevo invitado de cierta categoría profesional, Rubik acogió al doctor en su seno con un saludo de bienvenida personalizado en voz neutra y armónica.

Dentro, una recepcionista de piel de caucho que fingía limarse las uñas, giró su cara hacia las pupilas de Nobushige. Se levantó y tras andar delicadamente un trayecto mínimo, le indicó con una pequeña reverencia la ubicación de los ascensores.

Este despliegue de juguetes ostentosos repelía tanto al doctor Onoe que tuvo que hacer una pausa de unos minutos y tomar aliento.

2

POR QUÉ ONOE NOBUSHIGE ODIA LA TECNOLOGÍA

Y no sólo la tecnología, el Doctor Onoe odia todo lo mecánico, incluso el mismísimo metal.

Nobushige calla la mayor parte del tiempo para no dejar escapar el odio que atesora en su corazón. La mayoría de la gente es un vestigio apocado a sus ojos , hipnotizada por las rutinas imbéciles de las máquinas. Para el doctor Onoe la robótica era el último escalón del descenso de la humanidad, el final de una desdichada era de decadencia.

En su juventud soñó con ayudar a la Naturaleza, acelerar en lo posible esta agonía cósmica. Estudió a la Máquina con detenimiento y casi llegó a admirarse por su poder de asimilación. Estuvo tentado de dejarse llevar por la inercia de alguna secta milenarista hasta una muerte inútil y falsa pero dulce. Si no lo hizo fue por falta de valor y exceso de amor propio.

Ahora, deshonrado por los tiempos, Onoe Nobushige vivía con la vergüenza de haber echado a perder su vida en lugar de ponerle fin honrosamente. Es por eso, por seguir vivo a pesar de todo, por lo que no se veía mejor que los demás.

Una sombra.

Continuará…