El círculo

noviembre 7, 2011

El niño da vueltas
sobre sí mismo,
por la feliz ebriedad del vértigo.
Ni siquiera sabe que es él.
Luego le dicen que es él.
Pero nadie le explica el sentido de eso.

La vida le pasa,
como un juego.
Como una mascarada
que deja todo desierto.
Nadie le habló de eso.
Sólo pasa y ya está.

Y conchas fosilizadas
de los seres del instante,
erosionadas por el aburrimiento,
se elevan para volar alrededor,
en la tormenta de arena
que no deja ver el cielo.
Hasta acabar el niño
sin energía geotérmica,
como Marte.
Sin atmósfera.
¿Hubo vida en Marte?
¿Hubo vida en este o aquel?

Corren y corren
tiempos histéricos,
corren en círculo.
Dando tumbos en sus órbitas.
Alrededor de un sol que se apaga.

No se deduce un sentido
en el hecho de haber nacido
pero se intuye una obligación.
Los bebés llegan
con el olor de la eternidad
y nada perdura.
¿No es eso una señal?

La muerte es inocente:
lo que en verdad la hace justa
es que a unos los siega
y a otros los aúpa.

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El Océano

octubre 26, 2011

“Preguntas sobre el océano: está dentro de la gota.”
Ibn ‘Arabî

El vaivén del oleaje en la orilla del mar se presenta como la respiración de una infinidad que ha consentido en desbordarse en una forma limitada frente a nuestros ojos. Y aún así su inmensidad aturde. Es difícil apartar la vista de él por su belleza e imposible no sentir temor reverencial ante lo insondable que se abre sólo un poco más allá, en realidad en cuanto nuestros pies dejan de tocar fondo. Incluso imaginarse siendo una criatura marina cuyo mundo no es sino éste no disminuye para nada el vértigo y el misterio, sino que lo aumenta al darnos cuenta que nos sería accesible también lo que se encuentra más allá de la superficie.
Bestias gigantes que durante siglos se creyeron leyenda viven en las profundidades y en las simas, y fantaseando con que somos un cachalote joven a punto de embarcarse en la prueba de alguna iniciación guerrera, nos imaginamos partiendo en su busca en lo profundo.
Tratando de encontrar lo irreductiblemente otro nos probaríamos a nosotros mismos buceando hasta el límite del mundo, y las criaturas más extrañas que jamás imaginamos se reflejarían en nuestos ojos y nosotros en los suyos reconociéndonos mutuamente a pesar de todo.

Y he aquí el misterio que quizá no pensamos encontrar al partir en nuestra misión y sin el cual, en verdad, todo resultaría una mera anécdota.

El habitante del valle

agosto 11, 2011

Cuando vives en el valle la vigilancia debe ser perpetua. Eso al menos sé ahora. Se nos ha dicho que las montañas a nuesto alrededor forman una muralla natural, pero todo cambia cuando comprendes que nada, ni siquiera en este mundo, es sólo natural.

Los días de densa niebla, cuando hasta lo cercano se hace invisible, he creído ver caminos desconocidos que serpentean sobre las laderas que ascienden a los bosques. Sé que otros han hablado antes de grietas que conducen muy lejos, tal vez a lo largo de grutas que llegan al límite del reino y terminan en los acantilados. Se cuenta que el océano ruge allí, pero yo creo que canta. Canta alto y profundo recordándonos que aquel que choca contra sus muros se rompe; pero quien lo sabe se salva.

Niño pidendo una nana

julio 15, 2011

Maravillado por las cosas de la vigilia, el niño no quiere dormir y llora. Maravillado por las cosas del sueño, el niño no quiere despertar y llora. Un niño se cubre los ojos creyendo que así se vuelve invisible.

Cántame una nana que no quiero irme.
Cántame una nana que no quiero que te vayas.
Canta para recordarme que no dejaré de oírte.
Cántame una nana, que tengo miedo de echarte de menos.

La Palabra

marzo 21, 2011

“Él se oculta misteriosamente en las razones interiores de los seres creados…, presente en cada uno de ellos totalmente y con toda Su plenitud… En todo lo diverso está oculto Aquel que es Uno y eternamente idéntico.”

Máximo el Confesor

“En la intuición intelectual coincide ser uno en lo cual es todo y ser todo en lo cual es uno (…) Aquello uno mismo, aunque permanezca inalcanzable, es eso uno mismo que es alcanzado en todos los que pueden alcanzarse.”

Nicolás de Cusa

El Árbol de la Ciencia del Bien y del Mal es la imagen del Árbol de la Vida sobre un espejo fragmentado. En el reflejo su imagen se multiplicó y Adán, confundido, creyó a cada brote nacido de una semilla diferente. Todo pareció distinto desde entonces. Si hubiera sabido achacar la alteridad a su pensamiento habría comprendido qué responder a la Serpiente:

-No me pides más que tome lo que ya habita mi propio corazón, pues no es otra la esencia del fruto de este Árbol; yo guardo la Luz increada entre sus ramas y él la guarda en mi pecho.

Pero los hijos de Adán crecieron como extraños a sí mismos y a todo, y no supieron ver en los seres del mundo los signos de Dios. Adán al menos supo, mientras daba nombre a las criaturas en el Paraíso, que en ellas deletreaba el Nombre divino, aunque no llegó a leerlo nunca. Para sus hijos quedó la tarea de recomponer lo que está escrito en todo lo creado: la Palabra en la que Dios dice todas las cosas, en la que todas las cosas viven y donde son la Vida misma.

Higuera de la casa del frutteto, Pompeya

La llama

diciembre 16, 2010

El Ángel llena una copa en el Océano sin orillas para guardar el agua en tu pupila. Es por eso que habita allí un punto brillante al que viene a asomarse el Sol; la luz de la llama incorruptible juega en tus ojos buscándose a sí misma.

Del castigo al rito

octubre 28, 2010

“La aurora llega y nadie la recibe en su boca

porque allí no hay mañana ni esperanza posible:

a veces las monedas en enjambres furiosos

taladran y devoran abandonados niños.

Los primeros que salen comprenden con sus huesos

que no habrá paraíso ni amores deshojados;

saben que van al cieno de números y leyes,

a los juegos sin arte, a sudores sin fruto.

La luz es sepultada por cadenas y ruidos

en impúdico reto de ciencia sin raíces.

Por los barrios hay gentes que vacilan insomnes

como recién salidas de un naufragio de sangre.”

Lorca, Poeta en Nueva York

.

Cuenta un mito de los griegos como las cincuenta hijas de Dánao, rey de Argos, conocidas como las Danaides, habían sido prometidas a los cincuenta hijos de Egipto, hermano de su padre, a quienes temían y no quisieron quedar unidas en matrimonio. Dánao entregó a cada una de ellas un cuchillo y, llegada la noche de bodas, cuarenta y nueve de las muchachas cortaron las cabezas de sus maridos y las arrojaron al lago Lerna. Tan sólo Hipermestra, enamorada de Lirceo, le perdonó la vida, y éste se convertiría más tarde en rey de Argos tras la muerte de Dánao. Se cuenta que en el Hades las hermanas que cometieron el asesinato fueron condenadas a transportar eternamente agua en jarros rotos  o bien a verterla en una jarra sin fondo: “sus figuras –explica Karl Kerényi-, han entrado en el Reino del Hades en las obras de los pintores del Más Allá como ejemplo de lo eternamente interminable, de aquellos que nunca alcanzan el télos, el cumplimiento, ya se trate de la consumación del matrimonio o de la iniciación (…) Las “jarras de las Danaides”, que nunca se llenan, se hicieron proverbiales”. (1)

Otro interminable penitente del Hades era Ocnos el soguero, que en algunas representaciones artísticas se muestra junto a las Danaides. El anciano Ocnos trenzaba sin descanso una cuerda mientras una burra, apostada a su espalda, devoraba la soga desde el otro extremo. En ambos casos el trabajo incesante y vacuo forma parte de los castigos del Hades, pero en un ensayo en que J.J. Bachofen (1815-1887) busca el sentido original de la figura de Ocnos, el antropólogo de Basilea cita este interesante fragmento:

“Su originario significado natural se deduce de una costumbre ritual de las tierras del Nilo. Diodoro la describe con estas palabras: “Muchas cosas que pertenecen a nuestra mitología se conservan hasta nuestros días en las costumbres egipcias, y no sólo los nombres sino verdaderas prácticas. Así, en la ciudad de Acantho, al otro lado del Nilo en dirección a Libia, a 120 estadios de Menfis, existía un tonel perforado al que diariamente 360 sacerdotes transportaban agua del Nilo. No lejos de allí podía verse realizada la fábula de Ocnos en una sociedad en la que un hombre trenzaba una larga soga, mientras que otros destrenzaban sus extremos sin interrupción”. Esta cita adquiere una profunda relevancia en la medida en que pertenece a una amplia exposición sobre las conexiones existentes entre las religiones griega y egipcia, y que parte de la constatación de que ciertas cosas que Grecia sólo conocía como mitos, se conservaban aún en Egipto como costumbres culturales, y formaban parte, además, de las prácticas religiosas.” (2)

El análisis de Bachofen en busca del “originario significado”, le lleva a ver en Ocnos al principio creador y en el animal al principio destructor. La actividad que llevan a cabo queda asociada al simbolismo del hilar, trenzar y tejer, la eterna labor de la naturaleza y combinación de las dos hebras o potencias implicadas en todo acto generador.

Pero más allá de la interpretación de Bachofen, lo llamativo es el hecho en sí de la existencia de tales prácticas como parte de un ritual, de cómo unos gestos que en una lectura superficial parecen remitirnos sólo a terribles castigos, conservan al mismo tiempo un profundo significado simbólico.

Rito es emulación del orden mismo del cosmos. Cada gesto ritual se caracteriza por estar lleno de sentido, por repetir el acto de un dios o un héroe fundador, y el tiempo litúrgico en que se lleva a cabo ya no pertenece al discurrir mundano –como explica siempre Eliade-, sino que proyecta a los oficiantes al origen fuera del tiempo en que el acto fue realizado por vez primera. Y así es cada vez.

Existe pues algo literalmente “infernal” en despojar de su sentido a los actos, al mundo y a la vida -y con ella a la muerte-, que puede llegar a hacernos ver en la representación de un modelo sagrado, en el acontecer mismo de un misterio, el peor de los castigos.  En la forma sin sentido se opera el ocultamiento del espíritu, y sin lo eterno habitando detrás de cada gesto se perpetra la degeneración absoluta: el paso del rito al castigo. Así, en lugar de abandonar el tiempo, el acto queda atrapado en él, en lo “eternamente interminable”, y aquello que es perecedero parece que sólo nos muestra ya el rostro sombrío de la muerte.

Pero todo lo efímero nos habla al mismo tiempo de la eternidad, pues deja al descubierto, en el momento de su desvanecer, ese fondo sobre el que estuvo una vez dibujado. Como el silencio que se revela al quedar enmarcado entre latido y latido.

.

“Voces, voces. Escucha corazón mío, como antaño sólo

escuchaban los santos: que la enorme llamada

los levantaba del suelo; ellos, no obstante, seguían,

impasibles, de rodillas y no se daban cuenta:

Así estaban escuchando. No es que tú pudieras soportar la voz

de Dios, ni mucho menos. Pero escucha lo que sopla,

la ininterrumpida noticia que se forma con el silencio.”

Rilke, Elegías de Duino.

 

Las Danaides, John William Waterhouse

(1) Kerényi Karl, Los héroes griegos, Girona, Ediciones Atalanta, 1ª ed., 2009.

(2) Bachofen, Johann Jakob, Mitología arcaica y derecho materno, Barcelona, Anthropos,1ª ed., 1988.

Instante

octubre 7, 2010

Si las horas se desgranan de tu copa, árbol de otoño,
veo la rama en que la flecha está labrada
y un paso es cada estrella en el velo de la noche
guardado por el filo de la luna.
Donde acaba la senda espiral,
un jardín sin horizonte en que todo se extiende ante los ojos.
Y ya nada real o verdadero puede ser llamado
que no sea un rasgo de Tu rostro.